Opacos bajo noche alta y desierta,
Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
Que allende yacen de la odiosa puerta:
Tal en bosques callados y sombríos
Al viajero señala senda incierta
Maligna luna con sus rayos frios,
Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y hosca el color la noche hurta á las cosas.
LV.
Ante el mismo vestíbulo, manida
Hicieron las Congojas vengadoras,
Las Dolencias de faz descolorida,
Y tú, arada Vejez con ellas moras:
Dolor, Terror, Necesidad raida,
Hambre, que induce á criminales horas:
Todos ellos, terríficas figuras,
Guardan las fauces del Averno oscuras.
LVI.
Y el Trabajo, y la Muerte, y compañero
El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
Vense, avanzando hácia el umbral frontero,
Y malos Goces de la mente humana:
De las Furias los tálamos de acero
Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Crina en torno su frente de culebras.
LVII.
Lleno de años, con sombras halagüeño
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Que acude en derredor del firme leño
Aerio enjambre que el silencio ama:
Subsiste asido un mentiroso ensueño
En cada hoja fugaz de cada rama;
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Tienen cabe las puertas sus cubiles.
LVIII.
Centauros hay allí; silbante y fiera
Hidra; Scilas biformes que el mar cria;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera
Que de llamas armada desafía;
Con sus hermanas Górgona guerrera,
Con sus iguales pestilente Arpía,
Con tres cabezas Gerïon gigante:
¿Quién habrá que los mire y no se aspante?