Y hé aquí la turba que llegó primera
Pasar quiere, ántes que otros, lago allende;
Con vivo amor de la ulterior ribera
Esfuerza ruegos y las palmas tiende.
Caron, de tanta multitud que espera,
Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende;
Mas á muchos tambien, ¡desventurados!
Léjos rechaza de los tristes vados.

LXV.

Viendo el tropel, «¡Oh vírgen veneranda!»
Dice asombrado Enéas; «¿á qué llegan
A este rio las almas? ¿Qué demanda
Esa gran multitud? ¿Por qué navegan
Ledos los unos hácia la otra banda,
Y éstos, exclusos, en dolor se anegan?
¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa
Respondió la senil sacerdotisa:

LXVI.

«Hijo de Anquíses, semidios troyano!
El lago Estigio y lóbrego Cocito
Mirando estás, por quien jurar en vano
Temen los Dioses como gran delito.
A éstos no honró, al morir, piadosa mano,
Turba doliente en número infinito:
Ese es Caron; trasporta á opuestos lados
Los que fueron en muerte sepultados.

LXVII.

»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes
Logran salvar las ánimas que vagan
Desprovistas de honores, sin que ántes
Enterrados en paz sus huesos yagan;
O cien años arreo andando errantes
Sobre esta zona, su esperanza halagan;
Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

LXVIII.

Paróse con doliente fantasia
Enéas, y en la gente desechada
Ve á Leucáspis, ve á Oronte, antiguo guia
Del bajel licio en la troyana armada:
Con él salieron de Ilïon un dia,
Y bogando á par de él, á su mirada
Los hundió en crespas ondas Austro impío
Que al nauta sacudió, volcó el navío.

LXIX.