Hé aquí de entre éstos viene Palinuro,
Aquel que en la reciente travesía
Por el líbico golfo, al mar oscuro
Cayó, cuando en mirar se embebecia
Los altos astros de temor seguro.
Así que Enéas en la niebla umbría
Reconoció al llorado compañero,
Tornóse á condoler, y habló él primero.

LXX.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,
Ahogándote con mano traicionera
Te vino á arrebatar de nuestro lado?
Faltóme en cuanto á ti, por vez primera,
Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado,
Prometiendo que salvo á la ribera
Deseada de Italia tocarias:
Mal coronó las esperanzas mias!»

LXXI.

La sombra respondió: «Ni fraudulento
Fué contigo el oráculo divino,
¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sediento
Númen odioso á sepultarme vino.
Yendo yo, en vela, á mi deber atento,
Casual golpe en la popa sobrevino,
Y en medio de las ondas, sin soltalle,
Caí con el fiado gobernalle.

LXXII.

»Y juro por la negra mar, Rey mio,
Que, perdido el asiento, el timon roto,
Más que por mí cuidé que tu navio,
Privado de defensa y de piloto,
Mal pudiese del piélago bravío
Los golpes contrastar. Violento Noto
Tres noches borrascosas de ardua brega
Me arrastró léjos sobre la onda ciega.

LXXIII.

»Vi las costas de Italia al cuarto dia,
Encumbrado por hórrida oleada:
Poco á poco nadaba, y salvo habria
Hollado, en fin, la playa deseada;
Mas, ¡triste! como á presa de valía
Me embiste horda feroz blandiendo espada
No bien de húmedas ropas agobiado
Trepaba, uñas hincando, agrio collado.

LXXIV.