»Hoy, desecho del mar, en sus riberas
Vientos me azotan. Por la luz del cielo
Y las auras que áun gozas placenteras,
Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
Si á éste das honras que de aquél esperas,
Tu invicta mano de tan grande duelo
En el puerto de Velia me redima
Piadosa arena derramando encima.

LXXV.

»Ó ya, supuesto que, de Olimpo santo
Por favor especial, bajado hayas
A visitar los reinos del espanto
Y de tu madre encaminado vayas,
La diestra alarga, si merezco tanto,
Y arrástrame contigo á opuestas playas,
Porque al cabo, rendido de fatiga,
En muerte al ménos reposar consiga.»

LXXVI.

Y dijo la adivina: «¿Estás demente,
Oh sombra temeraria? ¿Por ventura
Querrás el lago Estigio, la corriente
Pasar de las Euménides oscura,
Tú que no ostentas divinal presente
Ni gozas en la tierra sepultura?
¡Triste! no esperes á poder de ruegos
Los hados ablandar sordos y ciegos.

LXXVII.

»Mas escucha mi voz, y tus dolores
Consuela recordando anuncios tales:
Habrá de ancha region habitadores
Que, en fuerza de prodigios celestiales,
Tu sombra aplacarán, daránte honores,
Te alzarán monumentos sepulcrales;
Y el sitio, Palinuro, que te guarde
Hará por siglos de tu nombre alarde.»

LXXVIII.

Al són de estas palabras, un momento
Mitigó Palinuro su agonía,
Y fuése, revolviendo el pensamiento
Que un país de su nombre se gloría.
Ellos siguen en tanto á paso lento.
Caron su barca á la sazon movia,
Y de en medio del lago divisólos
La muda selva atravesando solos.

LXXIX.