Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera
Que armado invades mis dominios, tente,
Y qué quieres, dí luégo, en mi ribera.
Aquí en horror profundo eternamente
Moran los Sueños y la Noche impera:
No admite el bote estigio alma viviente;
Ni de atinado, si exenté, me loo,
Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.

LXXX.

»En su abono, su orígen sobrehumano
Mostraban, cierto, y generoso brío:
¡Ah, y aquél ante el trono del tirano
Fué el guarda á encadenar del reino umbrío,
Y temblando arrastróle con su mano;
Y estotros en furioso desvarío
Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?
El tálamo invadieron de la Diosa!»

LXXXI.

En breves frases respondió prudente
La inspirada de Anfriso: «Insidias viles
No temas, no, que anide nuestra mente,
Ni armas contemplas á tu imperio hostiles:
El encovado can salvo amedrente
Con eternos baladros sombras miles:
Hécate, sin temor de agravio impío,
Casta guarde el umbral del regio tio.

LXXXII.

»Y es que Enéas de Troya, á quien la fama
En piedad, en valor, no dió segundo,
Tan sólo el padre á ver que tanto ama
Viene al riñon del Érebo profundo:
Si eres sordo á tan bello amor, la rama
Mira en que justas esperanzas fundo.»
Y diciendo y haciendo, el tallo santo
Sacaba de los pliegues de su manto.

LXXXIII.

Al ver, tras largos años, que áureo brilla
El dón que misterioso el labio nombra,
Manso el barquero su altivez humilla,
Cesa el debate, y con placer se asombra:
Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla
Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,
Las tenues almas arrojando fuera
Que sentadas bogaban en hilera.

LXXXIV.