Recibe, en fin, la cavidad vacía
Al fuerte huésped. Rechinando opreso,
Ya anchas grietas al agua negra abria
Flaco el esquife para humano peso.
Mas el barquero con tenaz porfía
A par que á la Sibila, al héroe ileso
Trasporta, y abordando, le enajena
Sobre ovas verdes y movible arena.

LXXXV.

Enfrente á do saltaron, guarecido
En la ancha gruta en que á placer se extiende,
El can trifauce con feroz ladrido
Los ámbitos atruena que defiende:
Viéndole que de víboras ceñido
Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
Narcótico manjar con miel dorado
Echa la maga al monstruo espeluznado.

LXXXVI.

El cual tragó la torta engañadora
Con triple boca y con voraz garganta,
Y, largo cuanto el antro donde mora,
Le abate el sueño. Con ligera planta,
Aprovechando la oportuna hora,
A las puertas Enéas se adelanta,
Y traspone volando la ribera
Deaguas que nadie repasar espera.

LXXXVII.

En esto empiezan el comun vagido
De almas de niños á sentir; las cuales,
Léjos, muy léjos del süave nido,
Sollozan de ese mundo en los umbrales:
De tierna infancia en el verdor florido
Negra un hora á los brazos maternales
Arrebatólos, y á la luz del Cielo,
¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.

LXXXVIII.

Están despues los que, torciendo el fuero,
Testimonio falaz llevó á la muerte;
Mas no á sus puestos van sin que primero
Tornen sentencia á dar Justicia y Suerte:
Mínos preside el tribunal severo;
La urna aleatoria agita; indaga, advierte,
Convoca al vulgo que delante calla;
Pesa los cargos, y las causas falla.

LXXXIX.