»La férrea voluntad del Cielo santo
Que á esta abismosa eternidad me envía,
Lo mismo allá, con invencible encanto
Me arrancó de tu lado y compañía.
Ni pensé nunca que á delirio tanto
Te pudiese arrastrar la ausencia mia.
¡Mas ten! ¡vuelve! ¿á quién huyes? ¡Ley severa
Permite vernos por la vez postrera!»
XCV.
Tal dice el héroe á la infelice amante,
Por si en su ánimo airado tierno cava
Ó amansa su mirada centellante;
Las razones el llanto entrecortaba.
Mas ella, vuelto el tétrico semblante,
Torvos los ojos en el suelo clava,
Y tanto muestra que la voz la toca
Cual si ya mármol fuese ó firme roca.
XCVI.
Y de pronto indignada huye y se esconde
En la parte del bosque más espesa,
Entre acopados árboles, en donde
Al renovado amor que le profesa,
Siqueo como de ántes corresponde.
Enéas, de piedad el alma opresa,
A la sombra siguió por trecho largo
Llorando para sí su lloro amargo.
XCVII.
Mas andando el camino, á los postreros
Campos llegaban cuya igual alfombra
Van á solas hollando los guerreros
A quien la fama por sus hechos nombra.
Entre los capitanes que primeros
Al paso Enéas encontró, la sombra
Vió del pálido Adrastro, vió á Tideo,
Vió al ínclito en la lid Partenopeo.
XCVIII.
Vió tambien los Troyanos que segados
En duras lizas los soberbios cuellos,
Fueron con llanto de la patria honrados:
Glauco, Medon, Tersíloco; y con ellos
Los tres hijos de Anténor afamados;
Y Polifétes, que tus dones bellos
Honró, Céres; é Ideo, que áun regía
El carro y armas que rigiera un dia.