LXX.

»Y aquí al sitio pararon do ahora vese
Muralla colosal; do se levanta
La fortaleza de Cartago: en ese
Sitio compraron tanta tierra cuanta
La piel de un buey en derredor cogiese;—
De Brisa el nombre la aventura canta.—
Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,
Ó á dónde encaminaba la derrota?»

LXXI.

Enéas respondiéndola, doliente
La voz arranca, y con suspiro dice:
«¡Diosa! si de su orígen al presente
La serie de mis lances infelice
Narro á tu corazon condescendiente,
Primero que mi labio finalice,
Su luz robando al mundo y su alegría
Habrá su giro completado el dia.

LXXII.

»De Troya procedentes (si ya sabes
Lo que fué un tiempo la ciudad que digo),
Tras largas vueltas y fatigas graves
Golpe de airados vientos enemigo
Lanzó sobre estas costas nuestras naves.
Yo soy el pio Enéas, que conmigo
Voy llevando doquier, del mar por medio,
Dioses salvados de voraz asedio.

LXXIII.

»Enéas, en las célicas esferas
Famoso ya; que por el mundo ando
De la Italia por patria, las riberas,
Y el linaje de Júpiter buscando:
Confié al frigio mar veinte galeras,
El camino mi madre señalando,
Yo su enseñanza celestial siguiendo;
¿Qué hallámos? bravo mar y Euro tremendo.

LXXIV.

»Y hé aquí con siete buques mal librados,
Llego al cabo, ignorado, desvalido,
Del África á correr los despoblados,
Ya del Asia y Europa repelido!» ...
Mas aquí, con afectos reavivados,
Vénus interrumpióle en su gemido:
«Tú, quienquier seas, que á Cartago vienes,
Las simpatías de los Dioses tienes.