LXXX.
Y así los cubre porque nadie pueda
Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,
Ni curioso se cruce en la vereda
Con sus preguntas á tejer demora;
Y por los aires se remonta, y leda
Vuela al templo de Páfos, donde mora,
Do aras ciento en su honor mezclan olores
De arabio incienso ardiente y tiernas flores.
LXXXI.
Ellos con planta intríncanse ligera
Por do advierte la senda, y la colina
Coronan ya, que á la ciudad frontera,
De lleno allá sus cúpulas domina.
Enéas con asombro considera
La fábrica estupenda y peregrina
Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,
Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso.
LXXXII.
No descansan los Tirios: ó se empleen
En alzar el alcázar y dirijan
El giro á la muralla, y acarreen
Gruesos cantos á empuje; ó puesto elijan
Para casa, y con zanja le rodeen:
Sobre traza soberbia sitio fijan
Propio al legislador, al magistrado,
Y al augusto recinto del Senado.
LXXXIII.
Quiénes, formando un muelle, cavan fosas;
Quiénes, para un teatro, anchos solados
Extienden, y columnas prodigiosas
Cortan, adorno á escénicos tablados.
Tales, en suma, suelen oficiosas
Ir las abejas por floridos prados
Cuando sacan al sol adultas crias
De estacion bella en los primeros dias;
LXXXIV.
Tales la miel fabrican rica; y llena
Las celdillas al cabo el néctar blando;
Y ya salen de paz, la carga ajena
A recibir ufanas; ya cerrando
En trabado escuadron, de la colmena
Los zánganos alejan, torpe bando:
Con afan vario la labor se enciende,
Y á tomillo vivaz la miel trasciende.