LXXXV.
«¡Qué gran dicha á unos hombres se depara
Que alzarse ven el suspirado muro!»
Dice Enéas á tiempo que repara
En las altas techumbres; y seguro,
Gracias, ¡oh maravilla! á que la ampara
Contino en derredor celaje oscuro,
Entra por la ciudad con paso listo;
Anda entre todos, y de nadie es visto.
LXXXVI.
Antiguo bosque de frescor ameno
Habia en medio á la imperial Cartago:
Lanzados ya los Tirios á su seno
De ondas y vientos por furioso amago,
Hallaron en las capas del terreno
De un corcel la cabeza, don presago
Que allí Juno les puso de victoria,
Prenda de salvacion, señal de gloria.
LXXXVII.
Grata la Reina á auxilios singulares,
Alzaba allí á la Diosa un templo extenso,
Que á la vez ilustraba sus altares
Con favor sacro y con devoto incienso:
Escalonado el atrio entre pilares
Y trabes bronceadas, daba ascenso
A la alta puerta de metal bruñido
Que el quicio oprime, y gira con rüido.
LXXXVIII.
En este bosque el héroe al pecho laso
Halló aliento, á sus penas lenitivo,
Y alta leccion de que en adverso caso
Hay siempre de esperanza algun motivo;
Pues, ya en el templo suntuoso, al paso
Que todo lo registra pensativo,
Y aguardando á la Reina, allá en su mente
Mide el poder de la ciudad naciente;
LXXXIX.
Miéntras nota á un plan mismo convertidas
Manos de artistas y el primor del arte,
Por órden halla en cuadros repartidas
Leyendas de Ilïon, lances de Marte,
Que al orbe ocupan ya. Ve á los Atridas,
Ve á Príamo, é igual á cada parte
Aquíles en los rayos de su ira;
Párase aquí, y con lágrimas suspira;