»Ni pudiendo tener contino á raya,
»Demente ya, mi cólera sombría,
»Clamé, juré que si á la amada playa
»Tornase vencedor, me vengaria.
»Odios que Ulíses en silencio ensaya
»Hubo de acarrearme la osadía
»De mis palabras: sin enmienda aquello
»Vino á poner á mi desgracia el sello.
XXII.
»De entónces más, calumnias el aleve
»Ideó nuevas: comenzó rumores
»Vagos á propalar entre la plebe;
»Ni pudo sosegar en los terrores
»Con que el crímen persigue, hasta que en breve
»Con Cálcas, el augur, á sus rencores ...
»Mas ¿á qué, derramando el pensamiento,
»Así os fatigo, y mi dolor aumento?
XXIII.
»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio,
»Si á todos nos nivela vuestra saña?
»Ea, pues: ¡consumad el sacrificio!
»Bien los de Atreo os pagarán la hazaña;
»Su triunfo, el Itacense.» El artificio
No vemos con que á fuer de Griego engaña;
Antes le instamos á explicarlo todo.
Con fina astucia y misterioso modo,
XXIV.
«Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora
»Volver pensaron, y soltar la clava,
»Del asedio cansados. En mal hora
»Tornábalos á puerto la onda brava
»Y el ala de los vientos bramadora.
»Mas esa estatua al ver, que en pié se alzaba,
»Con ira nueva y general tronido
»Resonó el cielo en llamas encendido.
XXV.
»Eurípilo, que hicimos acudiera
»Al apolíneo oráculo, tornando
»Trajo esta, en solucion, voz lastimera:
»Griegos: los vientos aplacasteis, cuando
»Marchabais á Ilíon la vez primera,
»En el ara una vírgen inmolando:
»Si en la vuelta anhelais propicia calma,
»Sangre verted, sacrificad un alma.