»La piedad que con lágrimas demanda,
Con lágrimas le dan los corazones.
Abogamos por él. Al punto manda
Que los lazos le suelten y prisiones
El Rey, y así le dice con voz blanda:
«Olvida ya las bárbaras legiones,
»Mancebo, y sus malvados procederes:
»De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.

XXXII.

»Mas la verdad declara sin rebozo:
»¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento?
»¿Máquina amenazante de destrozo
»Es? ¿ó bien religioso monumento?»
Dice el buen Rey; y el atrevido mozo
Mostrado, á usanza griega, al fingimiento,
Exclama así, las manos desatadas
Volviendo al cielo, y húmidas miradas:

XXXIII.

»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos
»Al dolo reservais! ¡Cuchilla! ¡velo!
»¡Aras del sacrificio! sed testigos
»Del derecho cabal con que cancelo
»Antiguos pactos: odio á los que amigos
»Pude llamar; ¡sus crímenes revelo!
»Mas ¡oh! ¡si en mí tu salvacion se apoya,
»Guárdate fiel á tus promesas, Troya!

XXXIV.

»Los Griegos de Minerva en el robusto
»Auxilio descansaron confiados
»Hasta que el hijo de Tideo injusto
»Y fraguador Ulíses de atentados,
»Su estatua milagrosa al templo augusto
»Se aunaron á robar; y, degollados
»Los guardias del castillo, con sangrienta
»Mano asieron de la alba vestimenta.

XXXV.

»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda
»Cambió la Diosa en no dudoso amago;
»Que, al campo apénas se llevó, ceñuda
»Los ojos clava con fulgor aciago;
»¡Raro prodigio! humor amargo suda,
»Y del suelo tres veces se alza en vago,
»El escudo flamígero delante,
»Y el asta blandeando retemblante.

XXXVI.