»Sacerdote por suerte designado
Á honrar al Dios del húmedo elemento,
Era Laoconte: ante el altar sagrado
Degollábale un toro corpulento.
Súbito á la sazon venir á nado
Vemos (de horror estremecerme siento),
De la ínsula vecina procedentes,
Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.

XLII.

»El pecho entrambas enhestando iguales,
Con encarnada cresta gallardean,
Y en ruedas, al andar, descomunales
El largo cuerpo sobre el ponto arquean:
Rotos gimen los líquidos cristales
Por do hienden: abordan ya y campean,
La vista en sangre y rayos encendida:
Todos huimos, la color perdida.

XLIII.

»Lamiéndose las bocas sibilantes
Con la vibrante lengua, van derecho
Para Laoconte: mas sus hijos ántes,
Tiernos gemelos, en abrazo estrecho
Aferran, y sus miembros palpitantes
Apedazan, devoran. Pecho á pecho
Y meneando la aguzada hoja,
Encima el genitor se les arroja.

XLIV.

»¡Vano auxilio! ¡arduo afan! Ellas le abrazan
Con doble, firme vuelta la cintura;
Los escamados lomos le relazan
Á la garganta, y á mayor altura
Sobrealzando las crestas, amenazan.
Con ambas manos él entre la impura
Ponzoña que las ínfulas le afea,
Por sacudir los ñudos forcejea.

XLV.

»Descoyuntado al fin, y cual pudiera
El toro que del ara huyendo herido,
De hacha insegura libertado hubiera
Su manchada cerviz, en alarido
Rompe horrible. Las sierpes de carrera
Parten al templo de Minerva, y nido
A los piés de la Diosa encrudecida
Hallan seguro bajo el ancha egida.

XLVI.