»A sordas con la luna y el sosiego
De la noche, que muda las arropa,
Marchan las naves ya, que ha dado el fuego,
Concertada señal, la régia popa.
Sinon, á quien, en daño nuestro ciego
El hado guia, la escondida tropa
Acude á libertar, y la honda cava
Abre que tenebrosa los guardaba.

LII.

»Y por cables que lanzan de ligero,
Desguíndanse de la hórrida guarida
Esténelo, Tisandro, Ulíses fiero,
Tornando á respirar aura de vida:
Menelao; Macaon, que fué el primero,
Y Acamante y Toante de seguida,
Y Neoptólemo audaz el de Peleo,
Y el trazador del artificio, Epeo.

LIII.

»Á entrar la muchedumbre se acelera
En la ciudad, que yace en sueño y vino,
Y matando las guardias, carnicera,
Y las puertas abriendo, da camino
Y se une á los que abordan. Tiempo era
En que el sueño primero, dón divino,
Los cuerpos sosegando fatigados
Envuelve en manso olvido los cuidados.

LIV.

»En medio del silencio, á la imprevista,
Reputándolo yo por caso cierto,
Héctor en sueños muéstrase á mi vista,
De polvo vil y amarillez cubierto:
Mustia la faz, que el ánimo contrista,
Mustia y llorosa; y, cual despues de muerto
Y arrastrado por rápidos bridones,
Taladrados los piés de correones.

LV.

»¡Cuán trocado de aquél que á nuestros ojos
Resplandeció tras recias embestidas,
Ó de Aquíles trujese los despojos
O incendiase las naves combatidas!
Yerta barba; cuajados los manojos
Del pelo en sangre; vivas las heridas
Que en torno recibió de la muralla;—
Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:

LVI.