«¡Gran Héctor, que de gloria y de consuelo
»Astro por siempre á los Troyanos fuiste!
»¿De cuál remoto y olvidado suelo
»Tornas al fin á nuestra playa triste?
»¿Y tras fatiga tanta, estrago, duelo,
»Hoy de nuevo tu brazo nos asiste?
»¿Mas por qué herido así? Tu faz serena
»¿Por qué se cubre de sangrienta arena?»

LVII.

»Nada contesta: con mortal gemido
«¡Vuela! ¡huye!» exclama: «el Griego se apodera
»De la ciudad: incendio embravecido
»Estalla: ¡Troya se desploma entera!
»Mucho á la patria y al monarca ha sido
»Sacrificado: si algo la valiera,
»Salvárala este brazo: en su agonía,
»Su culto, hijo de Vénus, te confía.

LVIII.

»Mansion busca á sus Dioses tutelares
»Que fundarás, y grande, finalmente,
»Audaz cruzando procelosos mares.»
Y miéntras habla entrégame impaciente
La alma Vesta que arranca á los altares,
Y los velos y el fuego indeficiente.
Por la ciudad en tanto se extendia
El estruendo confuso y vocería.

LIX.

»Y aunque distante de la puerta Escea
Yacia de mi padre la morada,
Opaca de un jardin que la rodea,
De la invasora muchedumbre armada
Llega sordo el rumor; mi sien golpea;
Salto veloz, el ánima azorada,
Y á la azotea trepo, y al rüido
Que crece más y más, tiendo el oido.

LX.

»Tal cuando en mieses subitánea llama,
Soplando el Austro, enfurecida prende;
Ó bien si desbordado se derrama
Y valles, surcos y sembrados hiende
Bravo raudal, y en remolinos brama
Arboles arrastrando que desprende;
Sobre un peñon, de la tormenta aquella
Testigo inmóvil el pastor descuella.

LXI.