»Bien á mis ojos lo que en torno pasa,
Bien la aviesa traicion se patentiza.
Con estampido el gran palacio arrasa
De Deífobo, el fuego, y se encarniza
Sin detenerse, en la contigua casa
De Ucalegonte, y de su luz rojiza
Parece arder abierto el mar Sigeo:
Suenan trompetas, cunde el clamoreo.
LXII.
»Echo mano á las armas alterado,
Y á discurrir no acierto á mi albedrío:
Al alcázar volar con un puñado
De compañeros, en confuso ansío;
Mal ciego de furor, desatentado
En manos de la muerte la honra fio;—
Cuando al Otrida, del altar febeo
Ministro en el alcázar, llegar veo.
LXIII.
»Él los Dioses vencidos, casi á vuelo,
Trae, y sacros adjuntos que á la saña
Hurtó enemiga su piadoso celo;
Y un nieto pequeñuelo le acompaña.
«¡Panto!» al verle clamé con vivo anhelo:
«¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña?
»¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?»
Dando un hondo gemido me responde:
LXIV.
«¡La hora que los hados previnieron
»Llegó de asolacion! ¡Jove inclemente
»Trastorna la balanza! Fueron, fueron
»Troya, su gloria, su esplendor potente!
»Todo los enemigos lo invadieron:
»Del caballo intramuros eminente
»Griegos brotan armados: triunfante
»Sinon propaga el fuego devorante.
LXV.
»Por las ya francas puertas á oleadas
»Cuantos vinieron de la gran Micénas
»Tantos que entran parece: están tomadas
»Las avenidas: de reposo ajenas
»Amenazan fulgentes sus espadas:
»La primer guarnicion ensaya apénas
»Al tropel oponerse que la embiste,
»Y en ciega riña desigual resiste.»