»¡Oh cuánta turbacion adentro! ¡oh cuánto
Terror! Los huecos artesones llena
Femenil alarido, ronco planto,
Grita confusa y vária al cielo suena.
Cruzan matronas con afan y espanto
Las anchas salas que el rumor atruena,
Y las colunas á abrazar se arrojan,
Las besan, y en sus lágrimas las mojan.
XCVII.
»Mas Pirro igual al padre se adelanta.
¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante
Hierro esgrimido con braveza tanta?
Postes ni cerraduras son bastante;
Ferrada maza á golpes los quebranta.
Plaza abre á fuerza: á quien le va delante
Atierra, y su cohorte furibunda
A la redonda el edificio inunda.
XCVIII.
»Así de altiva cumbre se desata
De pronto hinchado un espumoso rio,
Y oleadas horrísonas dilata
Hundiendo el malecon, creciendo en brío;
Y establos y ganados arrebata
Impetüoso. Yo, yo vi al impío
Cebarse airado en el estrago horrendo;
Vi á los Atridas el umbral cubriendo.
XCIX.
»Vi á Hécuba y sus hijas, sus amores
Vi á Príamo, del ara en el sagrado,
El fuego que adoraron sus mayores
Matar en sangre suya mal su grado;
Vi los cincuenta lechos, que de flores
Habia la esperanza engalanado
En pro del trono, y las soberbias puertas
De oro y rico botin rodar cubiertas.
C.
»Griegos el campo ocupan que áun da el fuego.
—Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido,
De Príamo saber. Príamo, luégo
Que de las puertas oye el estallido,
Y encima siente al desbordado Griego,
Ciñe al endeble cuerpo envejecido
Inútil hierro y olvidada malla,
Y aguija á perecer en la batalla.