»A Hesperia, patria de ínclitos varones,
»A donde ameno y dilatado ondea
»El lidio Tibre, que en besar los dones
»De sus fértiles ribas se recrea.
»Ancho imperio, magníficos blasones,
»Régia consorte encontrarás; ni sea
»Mi memoria á tu pecho dolorosa:
»Harto has llorado á tu apartada esposa.

CLII.

»Que no á la nuera de la cipria Diva,
»La hija del frigio Rey, reduce el hado
»A sierva humilde de matrona aquiva:
»¡No irá á ver, no, del vencedor airado
»Soberbios techos mísera cautiva!
»La madre de los Dioses á su lado
»Me acoge. ¡Adios! por nuestro Ascanio vela;
»¡Amale siempre, y tu dolor consuela!»

CLIII.

»Yo que la oia en lágrimas deshecho,
Mil cosas fuí á decir, cuando en sombríos
Celajes se encubrió. Tres veces le echo
Al cuello los amantes brazos mios,
Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho
Contra el burlado corazon vacíos,
Desvanecida á mi anheloso empeño
Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CLIV.

»La noche terminó con mi porfía,
Y torné. Con portátiles haberes
Notable multitud llegado habia,
Ausente yo, cabe el altar de Céres.
Apellídanme todos jefe y guia:
«Contigo,» dicen, «á doquier esperes
»¡Ay! alejarnos del confin troyano,
»Rostro haremos al lóbrego Oceano.»

CLV.

»Allí varones y hembras, niños, viejos,
Y larga y miserable muchedumbre.
Y ya anunciaban pálidos reflejos
Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.
Ocupadas las puertas á lo léjos,
Huye de auxilio la postrer vislumbre:
Cedo á la suerte: á recibir me inclino
Mi padre, y á los montes me encamino.

LIBRO TERCERO.