I.

«Despues que el Cielo la inculpada gente
De Príamo y troyana monarquía
Derribó en tierra, y la ciudad potente
En círculos de humo perecia;
Tambien por alta inspiracion presente,
Mas sin saber por dónde el hado guia
O dó hemos de parar, labramos pinos
Que á otras playas nos lleven peregrinos.

II.

ȃramos cabe Antandro congregados
Al pié de Ida, y no bien pintó el estío,
Manda mi padre en brazos de los hados
Soltar velas del viento al albedrío.
Con llanto el puerto dejo, y los amados
Campos do Troya fué; y á la onda fio
Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,
Y empiézome á engolfar en altos mares.

III.

»Cae por allá un país que Marte ampara
Y el austero Licurgo rigió un dia;
Extensas tierras son que el Trace ara,
A quien ley de hospedaje nos unia;
Y viéronse sus Dioses en un ara
Con los Dioses de Troya en compañía
Cuando imperio feliz fuimos: ahora
Allí arribamos con humilde prora.

IV.

»Fundé en su corva orilla la primera
Ciudad, y á sus colonos apellido,
En mi memoria, Enéadas; mas era
Infausto el punto. Mal correspondido,
A mi madre la Diosa de Citera,
Y á los electos Númenes convido;
Y en balde un toro albo, como á solo
Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

V.

»Era allí un cerro, y en su cima habia
De puntas erizado un mirto: atento
La ara á vestir de verde lozanía,
Acudo, y ramas arrancar intento.
Miéntras raíces desvolver porfía
Mi mano (¡oh singular, oh atroz portento!)
Brotar contemplo de las ramas rotas
Sangre que el suelo empapa en negras gotas.