XI.

»Vuelto en mí del espanto que me hiela
Hablo á mi padre, y á los jefes junto,
Lo que voz misteriosa me revela
Narro, y el parecer comun pregunto.
Todos proponen darnos á la vela
Y aquel sitio de horror dejar al punto;
No sin que al desdichado compatricio
Pagado hayamos el postrer oficio.

XII.

»Túmulo, pues, alzámosle de arena,
Y á los manes dos aras que guarnecen
Cipres y tristes fajas; la melena
Sueltan matronas que en redor parecen.
Altos vasos que ó leche tibia llena,
Ó sangre consagrada, allí se ofrecen:
La tumba al alma errante da acogida,
Y clamamos la eterna despedida.

XIII.

»Así las sacras ceremonias, graves
Cumplido habiendo, á la señal primera
Que el Austro da con hálitos suaves
De que onda masa nuestra flota espera,
Corremos á la mar: sacan las naves
Mis compañeros, cubren la ribera;
Cruzamos ya los líquidos desiertos,
Y atras irse miramos playas, puertos.

XIV.

»Allá en mitad de los Egeos mares
Hay una isla entre todas la más grata,
Que, Númenes por siempre tutelares,
A Dóris bella y á Neptuno acata:
Ella un tiempo rondaba los lugares
Convecinos; ya errante el mar no trata:
Apolo entre las Cíclades fijóla,
Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

XV.

»Allí abordamos, y el dichoso abrigo
Gozamos con que el puerto nos convida;
Miéntras de Apolo la ciudad bendigo,
A darnos sale el Rey franca acogida.
Anio en mi padre abraza á un viejo amigo;
Anio, á quien, porque al par que le apellida
Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,
Con la ínfula el laurel la sien le asombra.