XXXVI.

»Cuando ya nos hubimos engolfado,
Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa
Sino el cielo y el agua, azul nublado
Sobre mi nave sólido se posa
De lobreguez y tempestad cargado.
Con tristes amenazas espantosa
La ecuórea inmensidad se entenebrece,
Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento
en la vasta extension, á golpe duro,
Relámpagos cruzando el firmamento,
Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.
Todo es horror el húmedo elemento:
¿Es dia? ¿es noche? el mismo Palinuro
Nada distingue; en negro torbellino
Sacudido del rumbo, perdió el tino.

XXXVIII.

»Ya tres dias llevábamos enteros
Y tres noches á oscuras, desmandados,
Cuando léjos notamos placenteros
Visos de tierra, y asomar collados,
Y humo al cielo subir. Los marineros
Las antenas calando arrebatados,
Asen del remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.

XXXIX.

»Al suyo las Estrófades, del seno
Librados de las ondas, nos invitan:
Ínsulas son que con renombre heleno
En el vasto mar Jonio se acreditan.
Allí, allí la terrífica Celeno
Y las arpías de su casta habitan,
Del tiempo en que de Fíneo y sus moradas
Las alejó el temor, nunca saciadas.

XL.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales!
Generacion igual jamás vió el mundo,
Ni peste más cruel á los mortales
Envió el cielo ni abortó el profundo:
Alado el cuerpo, rostros virginales;
Arroja el seno vil vestigio inmundo;
Corvas manos y piés, garfios rapantes;
Pálidos siempre de hambre los semblantes.