LVI.
»Hé aquí con sacros funerales dones,
Ántes de la ciudad, en selva umbría,
Cabe un fingido Símois, libaciones
Al caro polvo Andrómaca ofrecia;
Y los manes con tristes oraciones
A la tumba llamaba, que vacía
De verde césped, á Héctor dedicara,
Y una, motivo al llanto, doble ara.
LVII.
»Tal Andrómaca estaba en el instante
En que, subiendo yo por el camino,
A mí propio y las armas delirante
Vió de Troya; y del caso peregrino
Pasmada al punto queda: vacilante,
Perdió el rostro el color, la planta el tino;
Y solo á obra de tiempo el labio mudo
Articular sueltas palabras pudo:
LVIII.
«¿Que en fin te miro en corporal figura?
»¡Hijo de Vénus! ¿mensajero cierto
»Me apareces? ¿áun gozas la aura pura?...
»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?»
Esto dijo llorando, y la espesura
Llenaba su clamor. Su desconcierto
Febril, dejóme sin respuesta; al cabo
Mal breves frases anheloso trabo:
LIX.
«No dudes; palpas realidades. Vivo,
»Y á cien peligros arrojé mi vida;
»Mas véme: salvo á tu presencia arribo.
» Ah! ¡y de tan gran varon destituida,
»Pobre mujer! ¿te vuelve el hado esquivo
»Algo de tu ventura merecida?
»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa,
»¿Yaces aún avasallada esposa?»
LX.
»Ella el rostro inclinando, recobrada,
Con voz sumisa su dolor expresa:
«¡Oh entre todas nosotras fortunada
»Tú, inocente beldad, jóven princesa,
»Que al pié del patrio muro, por la espada
»Fuiste á morir sobre enemiga huesa!
»Que ni suertes sacaste á tu despecho,
»Ni de amo vencedor serviste al lecho!