V.
Eso la Diosa recelaba; y luégo
De irritantes recuerdos ocupada,
Ella no olvida que á vengar al Griego
Fué la primera en desnudar la espada:
Del troyano pastor el fallo ciego;
Su ofendida beldad, la raza odiada,
El alto honor á Ganimédes hecho,
Memorias son para afligir su pecho.
VI.
Por eso avienta á términos distantes
Del ítalo confin, á los que á vida
Dejó incendio voraz, salvados ántes
Del acero de Aquíles homicida.
Por largos años sobre el ponto errantes,
Cerrando el paso á su virtud sufrida
El hado vengador ¿dónde no asoma?
¡Fué empresa colosal fundar á Roma!
VII.
Haciendo nueva tentativa ahora,
De la orilla zarpando siciliana,
Ya á la vela se daban; ya la prora
Cortando iba veloz la espuma cana.
Mas la llaga cruel que la devora
Guardaba fresca la deidad tirana
En el fondo del alma; y sin testigo
Así comienza á razonar consigo:
VIII.
«¿Y será que vencida retroceda
En la intentada empresa? ¿y que al troyano
Aborrecido príncipe no pueda
Léjos tener del límite italiano?
¿Conque adverso el destino me lo veda?
Pálas un dia, del insulto insano
Tan sólo de Áyax ofendida, airada,
¿No hundió á los Griegos y abrasó su armada?
IX.
»Ella misma del cerco nebuloso
Vibró de Jove la veloz centella,
Y alteró de los mares el reposo
Y dispersó los navegantes; ella
En torbellino súbito, furioso,
Arrebatando al infeliz, lo estrella,
Cuando áun abierto el pecho llameaba,
Contra un agrio peñon, y allí le clava.