CVI.
»El sol ya declinaba hácia su ocaso,
El aura tenue falleciendo iba,
É incierto el rumbo y el aliento escaso,
Dimos de los Ciclopes en la riba.
Sereno el puerto se dilata, y paso
Niega á asaltos del mar la rada esquiva;
Mas no léjos de allí con torva saña
Etna ruge atronando la campaña.
CVII.
»Ya pez negra y cenizas albicantes
Etna, en turbion de nubes, fuera bota,
Y en globos que carcomen vacilantes
El brillo sideral, incendios brota;
Ya peñascos alanza fulminantes,
Toscos fragmentos de su entraña rota,
Y lava arracimada, á són de trueno,
Y sordo hierve el cavernoso seno.
CVIII.
»Del rayo á médias calcinado, es fama
Que Encélado padece en la honda sima:
Deja á veces por grietas ver la llama
Etna descomunal sentado encima;
Y cuando, preso en la insufrible cama,
A ladearse el réprobo se anima,
Trinacria toda retemblar parece,
Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.
CIX.
»Sobrecogidos de pavor pasámos
La noche bajo amago tan tremendo,
En hueca selva de tejidos ramos,
Ignorantes la causa del estruendo;
Que ni brillar un astro divisamos,
Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,
Mas la noche con sombras importuna
En triste nimbo arrebozó la luna.
CX.
»Ya se alzaba á anunciar un nuevo dia
El matinal lucero en orïente,
Y ahuyentando tras él la niebla fria
Risueña el alba coloró el ambiente;
Cuando un bulto que humano parecia,
Cadavérico aspecto, aire doliente,
Saliendo de los bosques más cercanos,
Tiende á la playa las inermes manos.