CXXVI.
»Gimió entónces: el ponto se estremece
Al inmenso clamor, el viento zumba;
Italia toda retemblar parece;
Etna en sus hornos cóncavos retumba.
Y de montes y selvas se aparece,
Al són de alarma, la feroz balumba
De los otros Ciclopes, que se ordenan
En largas filas, y las playas llenan.
CXXVII.
»Yo los vi, yo, los étneos hermanos,
En pié, con sendos ojos imponentes,
¡Junta horrenda! mirándonos insanos,
Al cielo alzadas las soberbias frentes.
Tales inmoble ostentan los ancianos
Cipreses y los robles eminentes
Cima piramidal ó copa vana,
En los bosques de Jove ó de Dïana.
CXXVIII.
»Con el vivo temor que nos aguija,
Al sacudir el cable, al dar la vela,
Torcemos á do el viento nos dirija,
Y á do el viento sopló, la nave vuela.
Mas porque no el azote nos aflija
Entre Scila y Caríbdis, que revela
La voz de Heleno, que á evitarlo exhorta,
Volver y el rumbo enderezar importa.
CXXIX.
»Bóreas en tanto de la estrecha boca
De Peloro enviado, nos ampara.
El Pantágias pasamos, que entre roca
Viva desagua; el seno de Megara,
Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca
En sitios que Aqueménides declara;
Que en rumbo inverso los corrió primero,
Ya del mísero Ulíses compañero.
CXXX.
»Hay en el golfo siciliano, en frente
Del undoso Plemirio, una isla bella,
Y quiso ya la primitiva gente
Con el nombre de Ortigia noble hacella.
Fama es que Alfeo de Élide, latente
Vino y errante bajo el mar á ella;
Y ya unido, Aretusa! á tus raudales
Vuela ufano á los sículos cristales.