Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martín, al acercarse á las costas de Francia.
Avistaronse al fin las costas de Francia. ¿Ha estado vm. en Francia, señor Martin? dixo Candido. Sí, Señor, respondió Martin, y he corrido muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías.—¿Y ha visto vm. á Paris, señor Martin?—He visto á París, que es una menestra de páxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, á lo ménos segun me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traía unos rateros en la plaza de San German; luego me reputáron á mi por ladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entré como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié á Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este pueblo, y creo que así será.
Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy á esperarla á Venecia, y atravesarémos la Francia para ir á Italia: ¿me acompañará vm.? Con mil amores, respondió Martin; dicen que Venecia solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho agasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo, pero vm. sí, y le seguiré adonde quiera que fuere. Hablando de otra cosa, dixo Candido, ¿cree vm. que la tierra haya sido antiguamente mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No por cierto, replicó Martin, como ni tampoco los demas adefesios que nos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. ¿Pues para qué fin piensa vm. que fué criado el mundo? continuó Candido. Para hacernos dar al diablo, respondió Martin. ¿No se pasma vm., siguió Candido, del amor de las dos mozas del pais de los Orejones á los dos ximios, que conté á vm.? Muy léjos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de extraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada se me hace extraordinario. ¿Cree vm., le dixo Candido, que en todos tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre hayan sido embusteros, aleves, pérfidos, ingratos, ladrones, flacos, mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos, ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanáticos, hipócritas y necios? ¿Cree vm., replicó Martin, que los milanos se hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas? Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continuó Martin, si los milanos siempre han tenido las mismas inclinaciones, ¿porqué quiere vm. que las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy diferente porque el libre albedrío….. Así discurrian, quando aportáron á Burdeos.
CAPITULO XXII.
De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y á Martin.
No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesario para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofo Martin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que dexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era encarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por A mas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero encarnado, y que se muriese de la moniña.
Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian: Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de Venecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en la mas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometió una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy presto.
Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, se agravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estaba convaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenaban con él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le venian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.
Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con placeres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á la comedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, y Candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor perfeccion. Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletos contra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. en Francia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil. Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis, replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.
Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin, porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama sepultura en tierra santa, lo qual significa podrirse con toda la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias, y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y riéndose se cometen las mas detestables acciones.