¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto gusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vida hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura, que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista? dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, ó un Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en la escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la comedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixo Candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino trato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra de llevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá á París allí como si hubiera vivido en el muchos años.
Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes, archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñido estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos. Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años, era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los rigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, y nadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni los miró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortés era la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.
Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se medio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, y á Martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó luego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió en dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos estaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es que sea un mylord inglés.
La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios, algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió, muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes hinchados.
Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por él altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Qué varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose hácia él le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todo está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada podia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto; nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, y que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace, ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial, y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas, de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo, de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una guerra perdurable.
Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese ahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido, y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos? replicó Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.
Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentó en un canapé. ¿Con que está vm. enamorado perdido de Cunegunda, la baronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido. Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un mozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, que he querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo no quererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. La pasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yo quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la levantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á mis amantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar cortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que había reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los de la marquesa.
Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunos remordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y el señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una muy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de Candido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candido le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la infidelidad que acababa de cometer.
Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo quanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Con que está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí, señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar á Cunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó, como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí, que aguardo con su respuesta.
Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y se despidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otro dia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquela siguiente: "Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace que estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en ella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo llevaba; pero el corazón de vm. me queda. Venga vm. á verme; su presencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."