La cultura pastoril de este campo, tuvo sus tropiezos con los médanos móviles, diseminados en diversos potreros. Para combatir este mal, que va desapareciendo paulatinamente en la Pampa, su administración, ensayó hace diez años los cultivos de centeno con excelentes resultados. En la actualidad sigue formalizándose esta clase de sementeras en los terrenos flojos y destinados a forraje de invierno.

Trebolares, además de sus 20.000 vacunos, posee 280 cabezas de pedigree (vacunos puros), 1.000 yeguarizos mestizos con Shire y Hunter; 6.000 ovinos, cruza de Lincoln y Rambouillet, que da un excelente tipo. Como padres equinos, tiene actualmente dos magníficos ejemplares puros de carrera y tres Shire. El Drabble Conscript, fué campeón de Palermo el año anterior.

Una característica que nos ha llamado profundamente la atención en el establecimiento, es la crianza por deporte, simplemente, de un tipo híbrido de rumiante, producto de guanaca y llama macho, a decir del administrador. No ponemos las manos en el fuego sobre esta bastardeada procreación, conociendo la característica fisiológica de la llama y su dificultad de convivencia en otro terreno que no sea su fragosa meseta. Pero, “se non é vero"...

Trebolares tiene su “herd” propio para la inscripción de los toros destinados a sus planteles.

En los potreros no se ha establecido el sistema de silos todavía. Sin embargo, su administrador se inclina en sentido favorable, convencido de que es el procedimiento más técnico y de mejor resultado para la conservación del forraje. La alfalfa se estaciona en parvas y almiares.

Estos son, en síntesis, los perfiles más salientes de este establecimiento. Alma y motor de sus progresos generales, fué el señor don Diego R., experimentado administrador de la sociedad originaria que se denominó Las Barrancas y que importó los primeros ejemplares para formalizar la mestización que hoy culmina en rendidores ejemplares. El administrador actual de Trebolares, es un inglés culto, cuyo don de gentes y exquisita amabilidad, corren parejos con sus conocimientos científicos sobre la moderna ganadería.

La estancia nos produjo una impresión muy agradable. Por sobre los parterres, cercados de tamariscos disciplinados, a manera de cercos protectores, se destaca el chalet de corte inglés, sencillo, aereado y elegante. Hasta su terraza llegamos en nuestro auto. En el jardín contiguo, miss Dickie, hermana del dueño de casa, oficia de bondadosa jardinera. Nos recibe con esa franca alegría de los espíritus selectos que saben embellecer la vida, buscando las rosas entre los madroños. Su hermano está en el campo. Ha ido a presenciar un aparte a uno de los potreros vecinos. Hasta allá vamos en compañía del segundo administrador. La máquina se pierde entre el mullido gramillal. Junto al rodeo, en el martillo del alambrado, encontramos al administrador dirigiendo la faena, caballero bien puesto sobre un nervioso bridón. Presenciamos la maniobra rural a campo, con el sello argentino y tradicional de los quehaceres de la vieja estancia. Es interesante, sin embargo, el contraste de este criollismo que no se va, junto al alambrado de púa, por donde no pasan ni las liebres y bajo la fiscalización de administradores europeos que se afianzan con garbo sobre la silla inglesa...

Regresamos, visitando luego todas las dependencias de la estancia, los tres grandes galpones de mampostería, destinados a estable de los toros, a depósito del cuerambre y maquinarias (limpiadora de avena, trituradora y machacadora de maíz, etc.) Visitamos las casas del personal, los compartimentos accesorios y nos enteramos de la salud de un apreciable semental importado que no anda con muy buen humor aquellos días, “malgré” la tarde amable y el potrerito seductor donde está confinado. Y volvemos al chalet central, pequeño paraíso que da idea de buen tono, de pulcritud y de confort.

Caía la tarde cuando nos pusimos en marcha de regreso a Pico, costeando, en siete leguas, la línea del ferrocarril.

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