Nos encanta, a las diez de la mañana, el concierto ganaderil, frente al agua cristalina, formado por las haciendas de cuatro cuadros, que vienen mansamente a la hora habitual. Desde lo alto del molino, presenciamos la interesante romería que se va congregando poco a poco, y cuyos grupos rezagados apenas se divisan entre el verde pastizal del horizonte.

La Barrancosa practica los silos aéreos, a manera de almiares, revocados con una capa de tierra de 30 a 40 centímetros, sobre cuya capa se pone otra de pasto como abrigo para atemperar la fuerza del sol. Opina el señor R. que éste es el silo más práctico y económico que se pueda realizar, facilitando la operación de corte y de reparto.

Actualmente hay en el establecimiento 10 silos, del año anterior. Con el corte de alfalfa en una superficie de 1.000 hectáreas, se formarán en seguida de 50 a 60 silos.

Tiene muy pocos médanos este campo. En general, han desaparecido con los cultivos apropiados; y las pocas dunas que quedan en algunos potreros, se utilizan como reparo para los novillos gordos, en las noches de invierno, cuando el frío anticipa la nevazón. Se improvisan comederos en los huecos de arena y los ganados no sienten tanto los efectos de las noches crueles que suelen desmejorar la presentación de las reses.

Regresamos a medio día, a la estancia, complacidos de aquella gratísima excursión que nos dió la pauta de las ponderables energías del señor R., puestas en acción para la cultura del predio y la selección de los ganados.

Después del almuerzo, departimos amigablemente bajo el corredor, cuando anuncian por teléfono de Pico, haber recibido un telegrama de Buenos Aires, para La Barrancosa. Se levanta el señor R. para atender la comunicación.

—¿Novedades?—le interrogamos al verle regresar con semblante jubiloso.

—Nada...—nos responde.—Me informan que en la exposición de ganado gordo de la Sociedad Rural, en Palermo, se ha pagado 900 pesos por cada ejemplar de La Barrancosa.

Era el martes 13 de noviembre.

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