Breñas. Campo cubierto de peñas y malezas.

Jagüel. Pozo excavado (sin borde) del que se extrae el agua para el ganado.

Merodeo. De “merodear”: andar por un paraje, robando y pillando.

Epopeya. Poema en que se cantan grandes y heroicas acciones.

Depredaciones. Pillaje, devastación.

Boleadoras. Las tres bolas de piedra, unidas con tiras de cuero, que sirven como arma arrojadiza para detener animales que huyen.

UN ERROR CAPITAL

Hubo un error capitalísimo en la fundación de Victorica. La falta de un estudio catastral del terreno y la deficiencia de las cartas planimétricas levantadas fraccionariamente por el ejército, marginaron errores de ubicación que acarrearon graves consecuencias. Victorica se delineó sobre campos de la Ganadera Nacional, en la creencia de que se trataba de patrimonio del fisco. Este error hubo de subsanarse con una ley nacional que indemnizó con largueza el acervo privado. Pero ya el centro urbano, subdividido y loteado, estaba en marcha y su trasplante hubiera sido un fracaso. El agua buena, casi al ras del suelo—de 5 a 8 metros de profundidad—era su principal incentivo. Sus predios suburbanos, por lo demás, eran dóciles a la labor, blandos y feraces, con condiciones de primer orden para los cultivos hortícolas. El égido original comprendía 248 manzanas, divididas en cuatro solares cada una y 150 lotes de chacra de 100 hectáreas.

Cuando la obra miliciana tocó a su término y fué menester retirarse y entregar el nuevo pueblo a la acción civil de sus autoridades, los jefes pobladores, autorizados por la superioridad, entregaron a las tropas, certificados por los cuales se les concedía en propiedad solares y chacras. Los héroes, sustanciada tan brillantemente la campaña, buscaron el abrigo del rancho propio, trocando el fusil por el arado. Confiados en la modesta recompensa, construyeron sus poblaciones, labraron sus dehesas, y esperaron que la escritura, que era lo propio, canjeara en definitiva el certificado eventual. Pero como aquel comisario pagador largamente esperado por los milicos de la frontera, la escritura no llegaba nunca ni ha legalizado todavía la posesión del solar...

Con incertidumbre, con pesimismo, frente a la regresión propia del que cultiva para que coseche el vecino, se inicia la odisea de aquellos hombres de labor arraigados al suelo, firmes en el rudo bregar, pero huérfanos de todo estímulo y de toda protección. Se registra, por fin, una ley confiriendo atribuciones a todos los municipios de la Pampa para conceder y escriturar las tierras perimetrales a los pobladores que estuvieran dentro de la ley—es decir que hubiesen alambrado, poblado y hecho un pozo dentro de la posesión.—Pero esta legislación fué, sencillamente, un paliativo. Concurrieron los pobladores de Victorica. La intendencia les dió títulos, pero títulos provisorios que no pudieron canjearse por definitivos.