Y en verdad que están verdegueantes y lozanos los trigales de la comarca.

Se suceden los centros poblados sin interrupción. Cada estación es un foco de actividad y movimiento a la hora del tren. El vecindario y los colonos que vienen a recoger su correspondencia, tienen consagrado este mentidero del andén de la estación en donde se toma lenguas sobre el estado de las sementeras, se palpita el porvenir del año agrícola y se formalizan transacciones.

Predomina en esta masa de población el elemento europeo, rubio casi siempre y de origen inmigratorio. En Villa Iris, centro comercial de mucha importancia, numerosos vehículos de todo tamaño y calidad ocupan el canchón de espera: un par de autos norteamericanos, media docena de bateas rusas con sus cuádrigas fornidas, arañas voladoras y flexibles “boggys"... Al paso del tren se ven las calles rectas y amplias con sus faroles a hidro-carburo o alcohol. Cada estación está provista de sus espaciosos galpones de hierro y tinglados, síntoma evidente de riqueza cerealera. El molino de viento se alza en todas partes. El rancho de paredes quinchadas y techo de paja, tan vulgarizado en la provincia de Buenos Aires, no se conoce por aquí. Las casas de los colonos son de hierro galvanizado en casi su totalidad. Nos llama la atención, por cierto, la difusión de estos materiales. Bien está que la chapa de hierro pueda suplir la pared en las poblaciones inestables; pero nos parece inadmisible que se utilice como techo. El clima de la Pampa es recio, sin términos medios, dentro de una indiscutida salubridad. En consecuencia, el hierro se hace insoportable durante la intensidad de las estaciones. El material más adaptable, óptimo si se quiere, es el “ru-ber-oir”, una especie de yute hecho de fibras, amianto y substancias especiales, inaccesible a la lluvia, al frío y al calor. Resiste además, al fuego. Este material se elabora en rollos de 36 pulgadas de ancho, conteniendo 216 pies cuadrados para una superficie de 200 pies. Es absolutamente liviano y su costo, menor de la tercera parte del fierro galvanizado. Un metro de “ru-ber-oid” cuesta alrededor de 1.50 pesos, comprendiendo, además, los clavos y ruberinos. Hay también una derivación en color, de este material denominado “kaloroid” para chalecitos y viviendas elegantes.

Pero sigamos en la marcha del tren. El terreno es ligeramente ondulado. Mucho ganado lanar pace en los potreros, a uno y otro lado de la vía. Hasta Jacinto Arauz, entrada a la Pampa, abundan las praderas naturales. De allí el tren corre por entre sementeras a uno y otro lado. La tierra en esta gran zona está más subdividida. El aspecto externo de cada vivienda demuestra que está bajo el cuidado del propietario. Son campos de colonias subdivididas los que vamos cruzando. Es rara la casita de material, pelada y sin árboles que la cobijen y le presten su simpática tonalidad.

Antes de llegar a Villa Alba, alegra la vista el monte de una chacra donde, de entre el verde suave de sus sauces y las ramas color siena de los álamos erectos, se destaca el rosado de los durazneros en flor. Villa Alba es uno de los focos de colonias rusas más significativos de la Pampa. Desde lejos advertimos el letrero de un almacén en el que, junto al nombre polaco de su poseedor, con un “insky” inconfundible, se destaca el título sintomático de “La Pampa Moderna"...

Sigue otra vez la llanura tendida. Un jinete, a lo lejos, galopa en un camino en sentido contrario al tren. Parece que estuviera desprendido de la tierra. Y más allá, mucho más lejos, un remolino de polvo se eleva en amplia columna hasta desaparecer confundido con el azul terroso del cielo. El día es magnífico. Un sol de las once castiga la tierra e improvisa su espejismo a lo lejos. Vuelven a ralear los árboles en las viviendas diseminadas por todas partes, blanqueadas unas, otras de chapas, sin molino ni reparos.

Después de Bernasconi se advierte el paisaje genuinamente pampeano: la loma poblada de arbustos naturales ensombreando la hondonada.

En Abramo nos cruzamos con el primer tren leñatero, con disposición de seguir a Bahía Blanca. Empieza el dominio de los caldenes. Grandes pilas de leña aguardan turno junto a los desvíos. A menudo cruzamos predios que fueron tupido monte, entregados hoy a la agricultura y sobre los cuales queda aun la remembranza de uno que otro árbol salvaje y disperso en la sabana verde del trigal.

Son los últimos vestigios de la Pampa de ayer, desgarrados del misterio secular para incorporarse a la civilización.

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