Almorejo. Idem.
Tóxicas. Venenosas.
"Dry farming". Expresión inglesa: cultivo de tierra excesivamente seca. Pronúnciase: drai fármi.
BOCETO DE UN “RANCHMAN” (hacendado)
Nuestras primeras investigaciones sobre las características del terralfar las comprobamos en el establecimiento Don Roberto, a cinco leguas de la estación Lavaisse. Administrador de esta estancia es don Edmundo W., propietario a su vez, de campos vecinos, y, sin duda, el hombre más progresista y emprendedor de la zona.
Nos sentimos realmente cómodos en compañía de este caballero argentino, prototipo del hacendado moderno que une, a la versación de las prácticas rurales, todo cuanto un espíritu cultivado puede aquilatar en achaques mundanos y vida de ciudad. No es un universitario en ciencias agropecuarias, pero es un técnico de verdad, un hombre práctico en la amplia acepción. En la observación, en los viajes, en la vida intensa del campo, en el laboratorio, en la experimentación, robusteció sus estudios. Posee, a conciencia, cinco idiomas modernos. Y en el noble deseo de tonificar su auto-educación, para capacitarse en el origen de sus temas predilectos, habla y escribe en latín—no “en latines”, como la vulgaridad de los hurones de biblioteca.—Nada de extraño, entonces, que este espécimen de “ranchman” que sabe a maravillas de arte y de ganados, domine a perfección con todo casticismo su idioma natal y dé a la estampa, por deporte, a los cincuenta años (“pardon”!) uno de los libros más sabrosos, más bellos, más fieles, que ha producido la literatura campera—“Memorias de un portón de estancia"—sin hablar en gaucho, ni usar de las tintas recargadas de nuestros revisteros y criollistas de “bureau".
Amablemente se desliza nuestra breve estada en su establecimiento acompañados, además, por don Enrique H., distinguido caballero e inteligente hacendado, que suponemos desertor de Florida, para gastar su bizarra juventud en la noble sencillez del campo, al frente de los intereses de su señor padre, en su establecimiento Los Pozos.
Anfitrión y huésped nos proporcionan los veraces informes de este capítulo. Es larga y amable la sobremesa, después de haber gustado el sabroso pejerrey de las lagunas puntanas, sin rival, posiblemente, en el país.
—Hace diez y seis años—nos dice don Edmundo—poblamos estos campos. Fué una extensión de 10.000 hectáreas la superficie adquirida. Eran campos de paja amarga en toda su amplitud. El refinamiento forrajero se verificó paulatinamente, como era lo propio, llegando a cultivar 6.000 hectáreas de alfalfa. Antes que se tirara la línea de Beazley, nuestra estación próxima era Villa Mercedes. Los campos valían una bicoca entonces. Nosotros pagamos a razón de seis pesos con cincuenta centavos por hectárea, suma que se conceptuaba un precio fabuloso. Hoy el campo bruto vale en esta zona de 65 a 70 pesos, como nada, y alfalfado no se paga a menos de 120. El ganado preferido por entonces, era el vacuno pero uniformemente criollo, sin asomos de tecnificación. Criar ovinos hubiera sido una rémora por la flojedad del terreno guadaloso. Sólo las necesidades del consumo podían imponer uno que otro rebaño.
—¿Y la tierra, en general?—interrogamos.