—Es esencialmente guadalosa en toda la zona de la alfalfa. Del estudio químico-analítico realizado sobre suelos de estas estancias—estudio con aplicación a toda la comarca, sin duda—resultan las siguientes conclusiones: que la tierra es netamente arenosa, muy suelta, compuesta de arena fina cuyo diámetro de partículas oscila entre 0.0495 y 0.2475 milímetros, siendo la proporción de arcilla casi insignificante. La riqueza en humus, aun cuando no es muy grande, es normal. La tierra es pobre en ázoe y en potasio asimilable y su contenido en calcio y ácido fosfórico no es pequeño. Además las condiciones de porosidad y capilaridad de la tierra son buenas. Se desprende de estas condiciones físicas que la tierra es apta para ser abonada, absorbiendo bien a las diversas sustancias alimenticias.

—¿Y qué profundidad calcula usted a la capa guadalosa?

—De 54 a 80 metros y más. Ahora bien: conviene hacer notar que este subsuelo es de excelentes condiciones higrométricas. La profundidad del agua, puede calcularse, como base general, entre 2 y 7 metros. Las aguas pluviales son generalmente escasas, pero más que por escasez los perjuicios agropecuarios suelen estribar en la inoportunidad de las lluvias. Un año de 550 milímetros repartidos en 74 días de lluvia fué bueno en resultados agrícolas. El factor negativo es el viento, que a no mediar este elemento bravío y familiar, con lluvias precarias, nomás, se asegurarían los cultivos. El viento permanente en la zona toma de N. E. a S. O., pero el más perjudicial para el arranque de las plantas es el del sur.

—¿En materia de cultivos de cereales, se han hecho algunos ensayos?

—Sí, señor. Desde 1906 se sembró avena, centeno y cebada en varios establecimientos. El centeno resistió grandemente a la sequía. La avena rindió bien, pero se echa de ver que necesita de lluvias oportunas.

En 1917 hubo excelente producción de estos cereales. Ese año se sembró especialmente centeno que ha dado resultados dignos de mención. Estas comprobaciones agrícolas han convencido a los propietarios que los terrenos de la zona, aún perdidos los alfalfares, conservan su valor por la invasión circunstancial de la cebadilla y el buen rendimiento de los cereales. Todas estas siembras se han verificado simplemente a máquina, habiéndose practicado algunos cultivos a voleo, con grandes resultados. Tengo como cosa bien sabida que el trigo empobrece la tierra, razón por la cual no se siembra con abundancia en la región, lo que no obsta para asegurar que se han levantado copiosas cosechas.

—¿Entonces usted no cree que el “dry farming” pudiera tener resultados prácticos en la zona de los alfalfares, como sistema cultural cerealero?

—No, señor. Y me afirmo al responder tan categóricamente, en la flojedad de la tierra. Los vientos, sin duda, harían estragos con la semilla recién sembrada. Cuando hay cultivos, suelen ser excepcionales como rendimiento. Pero lo difícil es vaticinar sobre la prosperidad de los cultivos de cereales, por las veleidades de los fenómenos meteóricos. El alfalfar es otra cosa: cuando se arraiga, puede decirse que se ha estabilizado de verdad. Soy un convencido de la eficiencia del “dry farming". Pero para implantar este sistema hay que obrar con precaución y sobre las tierras apropiadas. He oído decir que en Kansas y Arizona, ha habido sus tropiezos al trabajar las tierras flojas, revolviéndolas para producir el “mulch”, o sea “tierra suelta”, sucediendo lo que hemos temido siempre aquí: se produjeron médanos. Y esto, como usted vé, no ha debido ser nada halagüeño para los experimentadores.

—Sin duda—respondemos;—pero se habrán tratado los cultivos sobre tierra de guadal como ésta.

—Recuerdo que hace años traje para esta misma estancia, a un argelino horticultor. Sus prácticas, que sin duda se afirmaban en razones de orden científico, se circunscribían a desmenuzar, carpir y aporcar. Cuando le pedí informes sobre estos procedimientos, me respondió, enfáticamente, con la conciencia de un hortelano que sabe bien lo que hace: