“Las experiencias, como digo, han sido consecutivas. Pero los amantes del árbol han podido notar, con desaliento a veces, raros fenómenos que han venido a malograr sus más bellas energías. Por ejemplo, algún vecino que ha podado en tiempo oportuno, con toda la prudencia racional aconsejada por la arboricultura científica, ha observado con tristeza en la primavera, sus alámos y sauces mustios y achaparrados, si no secos del todo. Otro poblador, que plantó en época oportuna las estacas de tamariscos recogidas en su propio establecimiento, malogra un cincuenta por ciento de sus arbolitos. Sin embargo, no falta algún vecino, que por imprevisión, corta a destiempo y con impiedad los gajos de tamariscos, con sus yemas hinchadas ya, y logra salvar casi todas sus estacas. ¿Es anómalo esto? Estoy, no obstante, con la razón científica, pero hay que tener muy en cuenta este resultado experimental y seguir plantando árboles, plantando sin medida y con fe sincera.”
—¿Y cuál es el principal enemigo de los árboles?
—El viento del sur. Los árboles que pueden resistir el frío intenso del invierno, quedan debilitados para cualquier contingencia en la época estival; los vendavales, la sequía, la langosta o el granizo. Es menester, entonces, fomentar los cercos vivos o reparos artificiales contra el sur. Creo que las grandes casas de venta de plantas deben instalar viveros regionales; y los terratenientes harán obra útil y patriótica favoreciendo con sus pedidos a comerciantes y productores de árboles locales.
—¿Y se planta mucho en la zona?
—Muchísimo. Pero es grande el porcentaje de plantas que se malogran. ¡Y no nos desalentamos! Cuando escucho los desahogos de tantos que juran de no malgastar más su tiempo, paciencia y dinero, me llamo a silencio; sé que llegada la época de plantar renace la esperanza y vuelven a la empresa. ¡Qué mágico poder del árbol y su extraño dominio sobre nuestra alma! Un pequeño arbolito que con gallardo crecimiento agradece el cuidado y promete sombra y alegría para lo futuro, borra el recuerdo de todos los sinsabores. ¡Con cuánta razón el color verde es el emblema de la esperanza!
Y don Edmundo después de esta explosión de generoso entusiasmo, nos dice con cierta languidez sentimental.
—Vea ese alamito. ¿Cuántos años le calcula?... Tiene cinco. Haga la prueba de arrancarlo con las manos... haga la prueba.
Nos parece una ironía la invitación. Tiene cuatro metros de altura el ejemplar. Sin embargo, y a trueque de un papel deslucido, nos aferramos a la planta como quien va a descuajar una cizaña del jardín. Y ¡oh sorpresa! cede el tronco al primer envión, se descoyunta en su unión con la raíz precaria y cae desvanecido. Es la venganza del guadal que no se aviene a los desplantes de la civilización.
—Cuando escriba sobre nuestros campos, amigo mío—nos dice don Edmundo—encomiende a los “snobs” de Buenos Aires, a los rentistas cómodos de la República, que si alguna vez cruzan esta región y contemplan nuestras cuasi-marchitas arboledas, no se sonrían con desdén, ni apliquen a sus moradores los calificativos de “atraso, rutina, dejadez". Dígales que se detengan ante esa incipiente arboricultura y saluden en ella a una de las manifestaciones del trabajo nacional.
La visita al campo remata las enseñanzas del día. Cruzamos los potreros en donde amarilleaba la alfalfa bajo un sol de julio, ardoroso y cordial.