Este paso en firme dado por la civilización del agua, inicia un nuevo ciclo cultural para Choele Choel.

La acción oficial, después de un lamentable abandono de más de veinte años, se significa en 1904 con un decreto de colonización. Se divide la isla en chacras de 100 hectáreas. El loteo era previsor, sin duda, pero mientras la disposición gubernativa daba facilidades de pago para la adquisición de las chacras, no se puso límite con el máximo prudencial de tierra que pudiera adquirir cada colono. De ahí que los adjudicatarios pudientes acapararan diez y veinte chacras, en menoscabo de la agricultura intensiva reclamada por las condiciones del suelo y el espíritu oficial que autorizó la colonia. No creemos que los grandes tenedores de tierra en la isla puedan alegar ninguna razón fundamental en su descargo. La producción frutícola, que es excepcional, no da margen aún a una industria lucrativa, a pesar de su excelencia. Y su éxito irrefragable en los certámenes de la metrópoli, no ha logrado mover el lirismo de sus cultivadores que se limitan a pequeñas parcelas, mientras la fruta del Paraná, domina la plaza; y sigue nuestra novelería pendiente de las manzanas de California, llenas de color y de vida, pero costosas, uniformes y antipáticas... Ninguno de los terratenientes de la isla tiene una huerta de frutales superior a 4 hectáreas de extensión. En estas condiciones, la fruticultura que debiera ser, por la validez calitativa de sus ejemplares, el primer renglón agrícola de Choele Choel, deja su carácter de empresa industrial para convertirse en deporte ornamenticio con rumbo a las ferias de exhibición y a los torneos platónicos de la capital. ¡No, pues! Esta isla llena de belleza y de maternidad, donde el río pletórico, dejó con sus resacas, por centurias, sus fecundizantes aluviones, está reclamando extendidos, ubérrimos plantíos, civilizados por la ciencia agraria, tecnificados por la industria y ennoblecidos por el riego racional.

Mientras tanto, los fruteros siguen aferrados a sus cultivos incipientes, sin extender sus huertos ni buscar en la selección de sus variedades, tipos que salven los inconvenientes de la distancia y respondan a las exigencias del mercado.

Está en la conveniencia de todos los propietarios isleños, dar incremento definitivo a esta industria, buscando los tipos de exportación embellecidos por el tamaño, la consistencia y el sabor. La obsesión por la monocultura—vale decir, “la fiebre de la alfalfa"—tiene que ir suavizándose poco a poco, frente a la necesidad de las industrias combinadas y la implantación de la chacra mixta. La alfalfa, como cultivo, asegura, ciertamente, la especulación inmediata, traducida en producción ganadera, en reses de frigorífico, en textil. Pero, sería muy pobre el porvenir de estas tierras, si fincara solamente en aplicaciones pastoriles. El riego artificial, que es científico, que es dispendioso, que importa el más alto exponente de la cultura agrícola, puesto que vitaliza hasta los suelos más tenaces, salobres y áridos, tiene otra misión más eficiente que alimentar la hierba de los rebaños, en un país como el nuestro, de húmedas vegas y llanuras feraces. En Europa, donde toda corriente de agua es una fuente de maternidad para los prados ribereños, sólo justificarían esta prodigalidad del riego, en la propia juventud de nuestras industrias rurales. Esta gran riqueza del agua, que importa el resultado de una energía trascendental, aplicada por la nación en bien de su progreso, reclama fuentes de producción más intensas, más científicas, más complejas que los potreros de alfalfa, librados a la rutina del sembrador y a las veleidades del tiempo...

De acuerdo con la calidad de la tierra, la producción de hortalizas es excepcional. Como suena: excepcional. Son inmejorables las arvejas. Los porotos, las cebollas, las patatas, los garbanzos, rinden prodigiosamente. Dan bien los tomates y el pimentón. Por error tal vez, se ha difundido en la isla, la arveja de ojo negro, en lugar del “petit pois". Aquella se prodiga con mayor abundancia, pero ésta podría constituir una industria de gran rendimiento, dada su salida.

El maíz rinde de 6 a 7.000 kilos por hectárea, elevándose a mayor cantidad. No ocurre esto en la parte alta del valle, en Roca y Allen por ejemplo, donde la producción maicera es inferior. Sin embargo, nadie dedica mayor atención al maíz. Se siembra escasamente lo necesario para el consumo. El maíz, por lo general, se cultiva sin riego en la isla, aprovechando los terrenos de regadío para la alfalfa.

Algunas fincas han sido acotadas por mimbreras, como valladares, anticipando, tal vez, la industria de la canastería. Por lo común los cercos vivos en la isla, son descuidados. No hay parangón posible entre las calles de la isla y las calles arborizadas de Cipolletti, La Picasa, Allen o Roca, con sus primorosas alamedas y sus trincheras de tamariscos.

En la estación de Choele Choel, mientras aguardamos la llegada del tren, departimos con un maestro: el director de la escuela de Colonia Galense, en la isla. Coinciden los informes que nos habían anticipado sobre este educacionista, con el juicio que nos merece la interlocución. Se trata de un maestro en el amplio concepto. Es joven. Ha estado en Patagones de vice director de la escuela normal, si mal no recordamos. Este año se ha sustraído al encanto de las vacaciones dedicándose al negocio de frutas. Ha acaparado la producción de la isla. En la estación dirige, personalmente, el embarque de los cajones a General Roca, a Bahía Blanca, a Allen, a Cipolletti, a Neuquen. Todos los días la misma faena. Y todos los días hace extender con sus peones, sobre una jerga, en el suelo, el montículo de sabrosos duraznos, en obsequio a los “habitués” de la estación, a manera de refacción comunal.

Nos interesa, por cierto, algunos pormenores sobre el carácter de “sus niños”, retoños de ingleses e italianos, de españoles y rusos, de criollos y de indios.

—Los rusitos—nos dice—son aplicados e inteligentes. Asimilan con extraordinaria rapidez las lecciones. Los niños criollos, parecieran, “a priori”, más retardados, pero una vez que se compenetran de las cosas, retienen las explicaciones admirablemente.