EL VALLE GEÓRGICO
Se nos ocurre pensar que la amplia zona cultivada del Río Negro superior, puede llamarse, algún día el “valle geórgico". De primera intención el calificativo ha de parecer una paradoja. El poema virgiliano no puede ensamblar en una comarca donde la vida rural, orientada hacia la industria, aspira a rendir los nobles frutos reclamados por sus dispendiosas obras de regadío. La tecnificación agrícola, las fuerzas mecánicas y el procedimiento cultural en las rústicas labores, han sometido científicamente los predios salvajes, pero a trueque del sentimiento afectivo a la heredad. No se conocen términos medios en la transformación agropecuaria de este largo valle circunscripto entre el saucedal ribereño y la meseta pampásica. La gran lonja de tierra, parcelada en amplios lotes, después de la llegada del ejército, y a raíz, más tarde, de la colonización oficial, no muy austera, ha realizado una evolución trascendental, pero inconsulta y agena a los principios más elementales de la economía rural. Entre el baldío selvático y el sometimiento del río Neuquen, a base de la obra hidrográfica más perfecta del mundo, se ha interpuesto el gran predio, la chacra fundadora, solariega e indivisa, perpetuada en detrimento de la densidad colónica y la fuerza intensiva de las industrias. A este valle pintoresco y umbroso, le ha faltado, en el transcurso de su proceso rural, la pequeña finca, la chacrita combinada, el labrantío modesto con especulaciones policulturales, a manera de granja o de clásico cortijo español. Le ha faltado, entrando francamente en el terreno sociológico, esa infancia propia de todos los valles de riego artificial, donde cada acequia es un tesoro y un vivero cada estadal de tierra. Le ha faltado, en suma, esa convivencia intensiva del pequeño hogar rústico que no solo es base de bienestar económico, si no que forma el fundamento sentimental del amor a la tierra.
Creemos conocer como nadie, esta portentosa región de la alta Patagonia; y en estos largos andares, ha sido una de nuestras firmes preocupaciones estudiar el alma de este núcleo rural, sedimentado por todas las razas. Falta aquí la conexión social de los valles regados de Cuyo, en donde las industrias han culminado con un arraigo admirable, merced a ese proceso paulatino de la pequeña propiedad, sistematizada en vinculación familiar desde los tiempos del dominio español. Este valle, a semejanza de los pueblos del Far West, levantados de la noche a la mañana por la especulación de un terrateniente o la urgencia de un ferrocarril poblador—hacinamiento de casas, no exponente de cuerpo social—es todavía un conglomerado de chacras adheridas a un rosario de pequeñas poblaciones que ha enhebrado el ferrocarril, en su afán de conquistar el desierto. El “valle geórgico” sospechado, es una ensoñación del futuro. Vendrá, sin duda, pero cuando se intensifique el predio; cuando se entreveren las razas pobladoras; cuando se ame fuertemente la tierra; cuando se ponga en práctica el consejo del poeta mantuano—“admira la gran propiedad, pero cultiva la pequeña"—clásico aforismo que ha formado el cimiento de la moderna economía rural.
Las primeras manifestaciones de la transformación valletana podemos admirarlas ya en aquel horticultor helvético cuya finquita de cinco hectáreas hemos semblanteado ya.
Nuestro diligente cultivador helvético, bien pudo ser el Coricio del “rubio y espigoso llano del Tarento”, héroe rústico en el IV libro de las “Geórgicas”, disciplinando las pocas yugadas de un campo antes reacio a vides y sementeras, y en donde, acotada la propiedad por cercas espinosas, ordenaba sus camellones de hortalizas, cultivaba sus rosales, sus jacintos y sus verbenas. Tal le suponemos en el retorno a la casuca, rendido por la diaria labor, aderezando su mesa “con manjares no comprados” o segando en primavera la primera rosa y en el otoño la primera fruta.
“Coricio era el primero
en ver multiplicarse las abejas
en precoces enjambres; el primero
en coger, de panales quebrantados
miel espumosa...”
Y he aquí, que sin pensarlo, la recordación de Virgilio nos ha traído al maravilloso mundo de las abejas, modelo eterno de socialización y de virtudes domésticas. Ya hemos tenido oportunidad de decirlo otra vez: es raro encontrar una finca en el Alto Valle del Río Negro, donde no se cultive un colmenar, aunque sea en forma rudimentaria. Poco importa que en la finca haya elementos de alimentación para los enjambres. Se prospera con la flora común, con el alfalfar de los vecinos y las flores de cualquier huerto. Lo importante para la incrementación de esta industria, es que hay néctares todo el año en las praderas artificiales, en las plantas y en el campo silvestre. La primavera ofrece su flora copiosa en los perales, los manzanos, los durazneros y el jardín. Luego viene el manto violeta de los alfalfares, extendido en leguas de superficie. Y cuando cuajan su semilla los prados y se insinúa el invierno ventoso y gris, el “jume”, extendido sin solución de continuidad en los campos salitrosos, se encarga de brindar sus alimentos a aquel simpático proletariado, aquel mundo de los antófilos, según la calificación poética de Latreille. Con este incentivo de la alimentación silvestre, sin erogaciones ni trastornos en la economía doméstica, se explica que en toda chacra del valle exista un abejar, sin rumbosos cuadros tipo Standard ni cajas de apareamiento Benton—tan cómodas para favorecer la producción melífera y simplificar la cosecha—si no bajo el abrigo elemental de la barrica y el cajón de kerosene...
Es decir, que mientras las abejas, por la especulación humana y la obra misteriosa de la partenogénesis, se difunden por toda la inmensa hoyada de este río, anticipan los rumbos cardinales del valle geórgico, con sus hábitos de labor intensiva, de orden y de sociedad, la explotación industrial no pone ningún esfuerzo en facilitar la vida de estos maravillosos insectos, ni en seleccionar y difundir sus plantas preferidas, cuajadas de néctares, ni en higienizar sus viviendas, ni en cobijarlos bajo la sombra protectora de los árboles y darles solaz con verdes remansos y a la vera del agua transparente y correncia... Expliquémosnos, entonces, que libradas las abejas del valle, al esfuerzo instintivo, simplemente, en la búsqueda de sus alimentos, emigren de la zona cultivada, impelidas por los vientos y al amor de los crespos sauces, que bordean el gran río hasta el mar. No por otra razón han arraigado enjambres extraviados la mayor parte de los vecinos ribereños del bajo valle hasta Viedma y Patagones y cuyo origen arranca en los dispersos colmenares de “apis ligustica” (italiana), llevados hace tiempo por un prestigioso vecino a la isla de Choele-Choel. Falta, en suma, para la consagración de la industria apícola, un factor subjetivo que debe ponerse en juego, por que así lo reclama la inteligencia de los insectos; falta el amor a las abejas, siquiera sea por su utilidad, por su generosidad, por su convivencia casera; el amor que se tiene a los animales domésticos, al caballo de labor, al perro guardián, a las gallinas o al gato; amor, que en el precepto rural del Mantuano, es el árbol que saliendo al paso de la novel colmena que gira ociosa fuera del panal nativo, con frondoso hospedaje la detiene en su tentativa de incierto peregrinar...
Muchas, pero muchas veces, ávido de conocer cosas nuevas de las abejas, nos hemos detenido en las fincas del valle para interrogar a los colonos apicultores. Se ha progresado en procedimientos técnicos, en utilería, en manualidad. Pero nadie adelanta una información nueva que delate observaciones juiciosas en el régimen de vida de este minúsculo gran pueblo. Un industrial italiano, que cosecha de su apiario, anualmente, algo así como treinta mil kilogramos de miel, que ha montado su ingenio con los materiales más modernos, que clarifica, que envasa a la perfección, que es técnico y experimentador a la vez, nos responde entre sorprendido y confuso y en su medialengua ítalo-criolla, cuando le pedimos alguna observación nueva sobre sus admirables pensionistas: “Ma... que quiere que le diga?... que dan miel... e ya’stá...”