Decididamente, desde Huber no se ha escrito nada nuevo sobre la vida de las abejas. Ni Reamur, ni Labtock, ni De Buen, ni Bates han podido destruir las teorías de aquel honrado y sagaz observador. Maeterlink, tan dilecto de los aficionados a la apicultura, no es más que un glosador con rasgos de naturalista a lo Michelet. Sus observaciones, románticas las más—como la de sostener la falsedad que en las antenas del insecto está el sentido de orientación—ya las hizo Virgilio, dos mil años atrás, en profundas y sabias páginas llenas de verdad y poesía. Y en sus “Geórgicas”, recordando la comarca del Cánopo—ciudad del delta del Nilo y de origen macedón—“toda aquella región que abejas cría y que ha cifrado en este arte su esperanza”, al hablar de los usos antiguos para la curación de las abejas enfermas, termina así:

“¿Cuál Dios de los mortales
esta traza enseñó por vez primera?
¿Cuándo ellos a aplicarla principiaron?
Vosotras lo decid, divinas musas.”

Observamos que a medida que se difunde la apicultura con los nuevos procedimientos científicos y con tendencias exclusivamente usufructuarias, se dejan de mano enseñanzas populares sancionadas por la experiencia secular y que han debido tener su influencia decisiva en el perfume y sabor de este delicioso producto de bosques y vergeles. Desde los huertos paganos a los huertos frutales de la Normandía, la ciencia popular ha venido trasmitiendo de generación en generación, la necesidad de obviar y embellecer la vida de la abeja facilitando y seleccionando sus fuentes de alimentación, civilizando su vida tan doméstica, tan útil, con elementos de solaz y de higiene. La miel de nuestros abejares no puede ser nunca la deliciosa de las granjas itálicas de “illo tempore”, ni menos la de los tiempos de la Grecia eglógica. Aquellos pueblos, realmente sabios, por que eran paneístas y geófilos, dominaban la ciencia de los cultivos como nosotros hoy dominamos las fuerzas mecánicas. Basta leer cualquier tratado de “re rústica"—no ya los poetas bucólicos del ciclo comprendido entre Anacreonte y Teócrito—para darse cuenta del amor trascendental que los huertanos ponían en sus cultivos. Se explica uno, a través del tiempo, la delicadeza de los vinos de Corinto o de Falerno y la razón por qué la hidromiel fué licor de los dioses, puesto “que las mieles no eran solo dulces si no también puras y a templar llamadas el áspero sabor al don de Baco...”

En nuestras incursiones por las comarcas regadas del país, empeñosamente hemos tratado de descubrir en los apicultores algo que no fuera la vocación adocenada puesta al servicio de sus abejares. Por lo común, no hemos encontrado más que el interés industrial—comercial, mejor dicho—cuando no el interés simplemente deportivo, hogareño y a la buena de Dios. En este valle suelen poner en práctica los industriales, el sistema de establecer “apiarios sucursales” en zonas de alfalfar, sin adelantarse con los cultivos aromáticos y las comodidades de higiene excreta reclamados por las ciudades alígeras, inteligentes y copiosas.

Nosotros nos permitimos concitar a los apicultores argentinos a que nos digan con franqueza, si hay algún industrial que, aparte de las prácticas modernas usadas en sus cultivos, ha tomado en consideración alguna vez, el clásico consejo de los viejos libros agrícolas. Nos conformaríamos con solo saber que alguien ha puesto en práctica en el país, los consejos de Virgilio, fragmentados de una de sus “Geórgicas”, relacionados con la ubicación y alimentación de las abejas.

“El asiento, ante todo y la morada
que a las abejas oficioso eliges
al abrigo de vientos
estén, que con sus soplos importunos
acarrear impiden materiales;
allí, donde ni ovejas, ni traviesos
cabritos, a las flores hagan daño;
allí, do la becerra
que por el campo yerra,
no sacuda el prolífico rocío
nacientes hierbas con el pie tronchando.
De la miel y sus ricos almacenes
lejos demore el de escabrosa espalda
dibujado lagarto; lejos anden
el impío abejarruco y los dañinos
pájaros sus cognados; sobre todo
procne fugaz, la que manchado ostenta
el pecho con la sangre de sus manos;
que ellos, en largo espacio a la redonda
hacen tala implacable y de revuelo
se llevan en el pico a las abejas,
sabrosas presas a inclementes nidos.
Haya, eso sí, líquidas fuentes; haya
remansos con tapiz de verde musgo,
y un arroyuelo puro
corra lerdo y sutil entre la grama,
y alguna palma o acebuche ingente
del colmenar la frente
con la sombra proteja de su rama.
En medio al agua, ora apacible duerma,
ora inquieta circule, atravesados
leños de sauce pon y piedras grandes,
do puedan fatigadas las abejas
con sus contínuos puentes
parar el vuelo, u a orear aborden
al sol estivo las abiertas alas,
si con soplo importuno
el Euro las dispersa rezagadas,
o en los senos las hunde de Neptuno.
Verde romero y sérpol oloroso
en torno abunden y fragancia esparza
floreciente ajedrea
y de sedientas violas el plantío
de larga fuente humedecer se vea.”

Cuando vinieron los españoles, encontraron en Méjico y en los valles nordoccidentales del continente Sur, una variedad de abejas muy melíferas, clasificadas después con el nombre de “melipondios". Es de suponer que los pueblos autóctonos de América, de la época precolombiana, cultivaron estos himenópteros, a título de alimentación o tal vez, para sus ofrendarios religiosos. Y si los cultivaron, es seguro que supieron favorecer su convivencia con la difusión en flora perfumada. La hipótesis desaparecerá como tal, para ser una verdad inconcusa, el día que investiguemos la razón por qué los príncipes incásicos importaron a las tierras altas del Titicaca la flora odorífera de los valles profundos y calientes del Sorata. Cuando visitamos aquella región lacustre, hace cinco años, fué para nosotros sorpresa evocativa en la isla de la Luna o de las Ñustas, la cantidad de yerbas y arbustos aromáticos difundidos en todas partes, como la prolongación de una botánica montaraz seleccionada por los viejos pobladores. Notamos, entonces, que junto a los acebos espinosos y la esparceta silvestre, se confundían con su efluvio suave, gramas medicinales y aromados hisopos; que la menta piperita, buscando su poco de humedad, se enseñoreaba por todas partes; que la malva y el hinojo se confundían en copiosos matorrales; que cada planta, cada arbusto, cada yerba rastrera, emanaba su perfume intenso o sutil; que de cuando en cuando un bálsamo suave, como de vainillas, como de genciana, sobresalía, dominador, del concierto polifloro en aquel viejo huerto abandonado... Y hemos pensado, que así como estos incas supieron cosechar de aquellas islas zumos medicinales y esencias balsámicas para sus oficios religiosos y galantes, bien pudieron perfeccionar la vida de sus silvestres abejares, con las nobles flores de sus plantas de importación con que supieron embellecer la aridez de la comarca...

Viene de lejos el ejemplo. Y no creemos que los apicultores de hoy se desdoren en su competencia industrial con poner en juego un poco del sentimiento clásico tan vecino a la grande y sabia naturaleza, fuente de vida y de verdad. Remocemos nuestras viejas lecturas; y aun cuando la mecanización de las industrias modernas, nos aparte cada día más del sentimentalismo bucólico de antaño, pensemos que en las especulaciones rústicas del campo y de la huerta, ningún factor más eficiente para el bienestar colectivo, que el amor a la naturaleza y el amor a las cosas. Sigamos pensando que la miel de las abejas, más que el azúcar que fabrican los humanos con máquinas no tan perfectas como la geometría de sus alveolos, sigue siendo manjar de dioses a través de los tiempos. Y recordemos—también recurriendo al gastado patrón helénico, a Teócrito y su VII idilio—aquel magnífico episodio de las fiestas talisias, mientras caen las últimas frutas en la mano del hombre. A Comatas, cabrero siciliano, poeta rústico que sabe ofrendar a las musas sus blancos cabritillos, el granjero su amo, le encierra en su estrecho cofre, en castigo a sus poéticos sacrificios que van diezmando su hacienda. Dos meses después, al levantar la tapa de aquel ataud, los campesinos encontraron vivo a Comatas. Por un resquicio del cofre habían penetrado las musas a tejer sus panales. Las musas con las alas sutiles de las abejas...

Este valle del Alto Río Negro, será geórgico para engrandecimiento de nuestra tierra. Será geórgico por que se subdividirá, se socializará, se cubrirá de huertos, de granjas y praderías a lo largo de su río providencial. Será geórgico, por que en el anticipo de su vida futura ya han venido a rumorear las abejas entre los saucedales, como si fueran las musas del pastor siciliano...

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