Aquella misma quinta era la que en la exposición universal de París—1889—se aseguraba un primer premio con sus espigas de maíz piamontés.

Nos encantan, en verdad, los prolegómenos de esta colonización. Los primeros vecinos, hechos en Europa sobre la rutina del surco, ajenos a todo tecnicismo agrícola, muy sagaces y valientes debieron ser para afrontar el valle desconocido, luchar con los vientos y reclamar de la tierra inviolada todo lo que la tierra podía dar. Sobre los primeros tanteos debió consagrarse la rutina que ha perdurado hasta hoy. La herramienta moderna, el grano seleccionado, el procedimiento reformador, no debieron llegar hasta esta fértil cuenca, perdida en la inmensidad del desierto. Cuando se escriba la historia de la agricultura de la República Argentina, bella y fundamental debe ser la página que consagre el esfuerzo de estos argonautas.

Lo que ocurre en General Acha es un caso de agricultura que pudiéramos llamar “autóctona”, dada la forma en que se ha producido y las condiciones de aislamiento en que ha podido intensificarse, marcando un provechoso ejemplo para las tierras pampeanas.

La fruta de este valle ha alcanzado justa celebridad, no sólo en el territorio de la Pampa, si no en las rotiserías de Buenos Aires, en donde no siempre pasa con el informe de su procedencia nativa—como que la fruta cuyana o los ejemplares de California, tienen éxito indiscutido, tanto por sabor como por novelería.

—¿Le dan bien sus perales?—interrogamos a un viejo quintero, que ha venido a la reunión de vecinos citada por el agrónomo regional, en propaganda del congreso agrícola a celebrarse en diciembre.

—Espléndidamente—nos responde.

—¿Y qué clase?

—Eso sí que no le puedo decir. Tengo unas peras largas, grandes, en forma de brevas, que maduran en invierno; otras chatas, panzonas, amarillas, de febrero a abril... ¿qué serán, pues?

Nos suponemos, por la reseña superficial, que se trata de la “belle Angevine” y la “duchese d’Angouleme”, de exquisito paladar.