Nunca más que ahora al verificar este arreglo escolar de «La Pampa», he pensado en aquel famoso discurso de Racine sobre Corneille, discurso que tendía el puente de oro entre el teatro francés, antes y después del ilustre comediógrafo. Ora suave como un arroyo valletano, ora violento como un turbión; vigoroso en sus signos admirativos; persuasivo y blando en sus descripciones; lleno de unción siempre, Racine no sólo había querido describir el teatro, si no pintarlo. Modelo tan eterno y tan admirable, no puede menos que arrastrar nuestra simpatía. Tal he querido en Nuestra Pampa: describir y pintar. Describir el choque del pueblo aborigen con las armas de la nación; la heredad salvaje bajo la influencia de la sangre nueva, que llevó el germen de futuros pueblos; la atrevida conquista del riel; la implantación de las grandes empresas rurales; la invasión colónica, que ha convertido en campos de cereal aquellas ásperas tierras, empenachadas de dunas; pintar la fuerza panteísta de los bosques de caldén, el cuadro pastoril, la chacra sencilla, el panorama silvestre y la obra de civilización, estilizada y potente...

*
* *

A fin de facilitar la tarea ilustrativa de mis lectores—maestros y alumnos—y después de una juiciosa encuesta entre el personal docente de diversos establecimientos educacionales, he resuelto incorporar a «Nuestra Pampa», un vocabulario—«prontuario», más bien dicho—sobre palabras difíciles, términos, expresiones, neologismos, indianismos y modismos empleados en el texto.

La necesidad de este aporte lexicológico es bien justificada y no necesita mayores explicaciones. Lo que debo recalcar, aunque sea someramente, es la razón de incorporar a un texto de lectura, netamente argentino y dedicado a los grados superiores de la enseñanza primaria, una buena cantidad de expresiones ajenas a nuestra lengua matriz. Pueblo nuevo el nuestro, formado por todas las razas, todas las religiones, todos los idiomas, sería un error craso constreñir nuestra «lengua corriente» entre las fronteras del castellano clásico, impecaminoso y hermético. Las ciencias, las artes, las industrias, la geografía misma, los deportes, crean día a día, términos nuevos, expresiones ajustadas, desprendidas de otras lenguas, y que es necesario adoptar so pena de regresión en el proceso evolutivo de la humanidad y en el agitado intercambio de los pueblos, vale decir en el ejercicio de las necesidades prácticas de la vida. España misma, en plena reacción literaria, ha debido dar paso para sus novísimos diccionarios, a la avalancha de galicismos que trasponen sus Pirinenos, mientras Francia academiza el término anglicano, que se filtra en su léxico por obra y gracia de la novelería deporticia. Y la España de hoy, que gallardea con la gloria secular de su «Quijote», no puede menos de sentirse cómoda con la incorporación a su lengua oficial, de todo ese ejército de neologismos, creados, en su mayoría, por la ciencia y por las artes. Tal lo que nos dice el propio jefe de la interpretación de lenguas del ministerio de Estado de España, don Julio Casares, en el prólogo de uno de sus diccionarios, sentando, como una necesidad fundamental, este ensanchamiento del idioma, de acuerdo con las exigencias modernas. «La prosa—dice—recoge de la multitud heteróclita de palabras extranjeras, las nuevas palabras inventadas, por la ciencia, el deporte, el periodismo, las múltiples incursiones de las diversas lenguas que contribuyen al concierto de nuestra nacionalidad.»

Respetando las bases fundamentales de nuestro idioma—la gramática, más que el léxico—sería una absurdo que en nuestros libros americanos, nuestros libros didácticos, hiciéramos abstracción de todas esas palabras y modismos ajustados a nuestro temperamento de pueblo cosmopolita, para circunscribirnos a la expresión racial y a solo título de no infringir irreverencia con el léxico hispano. Tendríamos, entonces, que mientras en el libro de lectura, acrisolado, impoluto, en lo que a expresión castiza se refiere, trataríamos obstinadamente de conservar la tradición lingüística, frente por frente y en abierta oposición con los intereses escolares entregados a nuestra dirección y encauzamiento, se interpondrían al alcance del niño, esos factores que se llaman el diario moderno, el cinematógrafo, la revista de actualidades y el teatro, abiertos a las necesidades de la vida y no al intransigente purismo del idioma.

Las lenguas, como las industrias, como las artes, como el comercio, necesitan de movimiento, de intercambio constante, de algo así como el flujo y reflujo de los vocablos, buscando para su armonía y su utilidad, no de las expresiones altisonantes, sino de los matices, de los términos claros, precisos, ajustados, propios. Por su intransigencia, perdieron su prestigio de lenguas vivas, el latín y el griego, hasta que los siglos las borren en absoluto de la memoria de los pueblos, segadas por las palpitaciones de otras lenguas que evolucionan, que se mueven, que trafican, que abren sus fronteras a la libre migración de las palabras.

Y si nosotros, los de Sudamérica, por las características geo-sociológicas de nuestras repúblicas, estamos destinados a la gran evolución lingüística, sobre la base de nuestro glorioso castellano, debemos estar alerta para no incurrir en la incongruencia de enseñar a nuestros escolares a pensar en americano, valiéndose, como instrumento de expresión del diccionario inmoble y perpetuamente academizado. Debemos pensar, en primer término, que aun no hemos plasmado el tipo definitivo de nuestra raza continental y que todavía somos por aquí un conglomerado de pueblos, en donde deben tener honrosa participación todos sus componentes, por razones de étnica y de autonomía nacional.

En auxilio de nuestra tesis podríamos traer el ejemplo francés en la evolución de su literatura. En Rabelais se operan los primeros pasos firmes del latín al francés. Montaigne se deja llevar a menudo por las citas de la lengua del Lacio; pero, más regionalista y muy original, prefiere amalgamar las lenguas y dialectos que se desarrollan en pleno territorio francés, y así en sus «Ensayos» declara que «no titubea en usar del gascón cuando el francés no le basta para la más franca expresión de su temperamento.» Descartes, que con Bossuet, pertenece a los grandes ingenios del siglo XVII, escribe en francés su «Tratado de las pasiones»; pero no puede apartar su estilo bebido en la sintaxis del genio latino. Y así Racine, a pesar de su originalidad. Quien francamente rompe las ligaduras, es Voltaire, abanderado de la revolución del siglo XVIII en la prosa francesa, cultivador feliz, que vuelca en el surco de la literatura francesa, la simiente de nuevas expresiones. Con él acaba la elocuencia romana «porque había la necesidad de expresar claramente y no de componer discursos.»

¡Loado sea nuestro rico, fecundo y armonioso castellano, que trajo a América en su verbo, las palpitaciones viriles de la raza! ¡Loado sea! Pero al eternizar su glorioso dominio, su brava alcurnia, pensemos que para su propia perpetuación y generoso expandimiento, ningún campo más propicio que estos jóvenes pueblos en donde confraternizan en el trabajo, en el patriotismo y en la acción todas las razas de la tierra.

W. Jaime Molins.