Vamos a San Huberto. Se suceden las lomas variando el paisaje a cada paso. No hay hojas en los árboles. Para agosto tenuemente... En cambio, la pradera se insinúa en el verde de las gramíneas a medio despuntar. Los campos, rizados por la reja, van borrando el color terroso y diseñando los predios de labor. A lo lejos, las lomas azules cierran el cuadro con una amable tonalidad. Se descubre, por fin, la roja techumbre de la estancia y poco a poco va apareciendo el chalet Luis XVI, que emerge con elegancia de la cenefa siempre verde del monte. Bella es la estampa del cuerpo principal del edificio elevado sobre el principio básico de la línea y de la sobriedad. Tal mansión, que rompe con su discreta y civilizadora enseñanza, la sencillez pastoril de la región, mucho de educador y subjetivo guarda en su interior. Tiene aquella vivienda todo de “cottage” señorial y de cultura clásica, brillante nota estética con que el espíritu culto de su propietario suscribe la clara visión sobre la Pampa futura. Todo en su interior es estilizado y elegante. El amplio comedor “renacimiento” deja la primera impresión. La mano del pintor Tristán Lacroix se prodiga en telas de mérito, escenas de la campaña y apuntes cinegéticos de buen tono. Es una obra de mérito el revestimiento de la gran chimenea donde un tallista parisién puso arte genial en los bajorrelieves. Nada choca en el estilo general del salón. Repisas, jarrones, cuadros, estatuas, todo obedece a una armoniosa sencillez. Y condiciendo con la advocación del santo francés que patrocina las cacerías y da nombre a la valiosa propiedad, el reloj de San Huberto con mil días de cuerda, marca las horas amables de la estancia. La biblioteca, bien nutrida de obras seleccionadas y con su colección completa de tratados deportivos, ofrece su dilecto regazo junto a la sala de billar.

Del “fumoir” tibio y lleno de luz, pasamos al jardín. Incipientes son los parterres, pero la curva delinea con gracia cada cantero. Se prodigan las plantas de adorno, ligustros y pinos marinos. Sobre esta base, aquello será bien pronto un parque coquetón, de corte versallés y en donde los rosales darán la nota de alegre policromía en sus innumerables variedades. En nuestra presencia, dispone el dueño de casa la ubicación de los escaramujos que han de trepar por las ventanas que dan al valle. Un hábil jardinero combina con previsión las variedades apropiadas al clima y busca, para el conjunto del jardín, la estética ornamental evitando el hacinamiento de ejemplares y la nota pesada. Desde la estancia, el paisaje es realmente pintoresco. La laguna se extiende como un río a lo largo de la hondonada. El cuadro nos evoca las riberas del alto Paraguay en las proximidades de Asunción con sus lomas empenachadas de arbustos. Y por cierto que para Buenos Aires, desconocedor en absoluto de estas bellezas pampeanas, muy raro debe ser el simil entre la laguna salitrosa y el ancho río tropical.

En las cercanías del edificio, bajo caldenes y en amplia extensión, está el corral de las aves, planteles finos cuyos maravillosos ejemplares fundadores, aclimatados en la zona, se han prolongado en espléndida generación.

En un cuadro del bosque, más allá de la laguna, se extiende la faisanería tomando un perímetro de varias hectáreas preservadas y techadas por alambre tejido, a recaudo de los gatos monteses y de los gavilanes. En esta sección destinada a la cacería menor, un chalet semi oculto entre los árboles ofrece grato refugio en las accidentadas travesías del bosque.

El montaráz, que guarda el precioso y nutrido plantel, nos habla de la acechanza de aquellos pequeños y ágiles felinos, sobre las aves inocentes.

—Estos gatos tienen el alma de Lucifer—nos dice.—Hace tiempo se coló uno por una falla del cerco y en dos minutos mató más de una docena de faisanes.

—Le hago un buen regalo—le dice el propietario—si se anima a limpiarme de gatos esta parte del monte.

—¡Quién sabe si es posible, señor!... Son andariegos... Hace una semana he muerto un gato montés de aquí a una legua... Lo agarré a tiro porque andaba rengo. Que yo sepa, la pata que le faltaba quedó en uno de los cepos armados aquí nomás. Son muy bandidos estos gatos...

Pero con toda la habilidad de estos montesinos que no dejan en paz a los faisanes, una media docena de pellejos barcinos... estaqueados al sol, demuestran, claramente, que donde las dan las toman.