El cuadro de los ciervos ocupa el bosque extendido a lo largo de la laguna. Hasta allí, y por cañerías que vienen del gran tanque situado en la proximidad de la estancia, llega el agua nutricia. En este perímetro se han distribuído los tablones de cebada. Han procreado mucho estos gráciles rumiadores, que dejan año a año sus estriadas ornamentas entre la ramazón. En ellos, posiblemente, está el incentivo de la próxima montería. Mientras bajamos a la laguna, un grupo de ciervos se entrevera en el monte con el recelo habitual.
A espaldas del chalet, hacia el oeste, está el trozo de bosque destinado a los jabalíes, monte bravo donde la caza mayor tiene sus más gratas y accidentadas emociones. También se ha propagado notablemente esta especie cuyos jabatos tienen tan exquisito sabor, sobre todo después de la correría emocional por la maraña.
Finalmente guiados por el dueño de casa, hemos recorrido todas las dependencias de San Huberto, apreciando en su justo valer, ese espíritu cultivado del dueño de casa, que no pone reparos para dar todo el efecto de la nota bella y armoniosa en la hospitalaria mansión. Ensaya la aclimatación de plantas nuevas, difunde el árbol y busca para el jardín, motivos de eterno color capaces de mantener la alegría, salud espiritual de los selectos. Nos encanta ese noble romanticismo, franco y optimista, en su amplia cultura. Bremontier llenó de pinares las riberas medanosas de la Gazcuña; para este pampeano no debe haber sólo caldenes en la Pampa. Sin dejar de lado la flora regional, respetando esos magníficos ejemplares de largas centurias la arboricultura exótica de la región le lleva al parque civilizado. El chalet, medio oculto al naciente por árboles montaraces, emergerá como una nota vívida de entre la verdura de los eucaliptus y las araucarias y el amarillo de los aromos.
Hasta el cuadro de los fresnos, que acaba de plantar en el suave repecho que se inclina desde el gran tanque distribuidor hacia el edificio, suelen venir los ciervos en busca del césped verdegueante y fresco y a afilar los puñales de sus cuernos. Llegan con la tarde, en la impunidad vesperal, sin que pueda el alambrado poner obstáculos a sus ágiles remos. ¿Cómo repeler esta salvaje incursión que descorteza los arbustos tiernos y abre claros en el elegante plantel? ¿Los ciervos o los árboles? Grave dilema.
—Suélteles los perros—ordena el propietario al hortelano.
—¡Pero, si vuelven, señor!... Son curtidos...
—Entonces una perdigonada discreta, que los castigue. Por los cuartos, nomás... A sesenta metros, con munición perdicera... ¡No faltaba más que van a destruir los árboles!...
Sospechamos que la instrucción no dará pie al guardián a que se le pase la mano en el calibre de la munición y en la puntería. ¡Cáspita! Cuesta quinientos pesos cada uno de estos gráciles cuadrúpedos. Pero, si así ocurriera, le quedaría el consuelo al propietario de haber estado del lado más noble de la defensa.
Tal le ocurrió al presidente Avellaneda, en su quinta de Temperley, ante el avance de la rama vigorosa de un eucaliptus, sobre la cornisa del edificio.
—Va a echar la casa abajo—arguyó el administrador.—¿Lo cortamos, señor?