paz con el gobierno nacional. Los caciques Rouan, Cheuquel y Udelman, engolosinados por las promesas del jefe chileno, desprendieron sus emisarios a Baigorrita, Epumer y Cayupan, incitándolos a la rebeldía y a la invasión. “Chile gobierna a los indios”, era la voz de orden. Allí estaba la génesis de la raza que idealizó Ercilla en la soberbia indómita de Caupolicán. Las tribus de la Pampa no eran más que las ramas de aquel tronco que había afianzado sus raíces en las costas del mar, desde Santiago al archipiélago del sur. Esta premisa que tenía todos los contornos de una política subterránea, capaz de influir en el diferendo territorial que nos tenía al borde de la guerra, trajo como consecuencia, el parlamento salvaje de Poytahué entre los ranquelinos y la embajada de Meliqueo que tenía la plenipotencia de sus amigos del Neuquen, para formalizar un plan subversivo contra las autoridades argentinas, llevando una invasión conjunta a las indefensas poblaciones del interior.

Acontecimientos de tal trascendencia tenían que traer consecuentemente una campaña formal sobre el desierto. Era menester hacer la guerra al indio que era la guerra a Chile. Había que quebrar, con las armas de la nación, el bandidaje desalmado puesto al servicio de aquella rivalidad internacional que podía ser nefasta para nuestra integridad. La milicia chilena, puesta en tensión, con las perspectivas de la guerra al Perú y Bolivia, tentaba por medio de nuestros indios, de avocarnos al problema de la lucha interior, temerosa tal vez, de que pudiéramos tomar una participación decidida en la contienda. Mientras tanto—cabe a nuestra hidalguía reconocerlo—no faltaron estadistas prudentes y sabios legisladores que se opusieron abiertamente a este juego peligroso sobre la base, no siempre leal, de las lanzas nómades que bien pudieran esgrimirse contra Chile si al gobierno argentino se le hubiese ocurrido conquistarlas con el halago de la tolerancia y de la protección...

Es de suponer que graves exigencias de política interna, obligaron al gobierno chileno a mantenerse reacio a nuestras reclamaciones. Sólo así se explica el vacío que rodeó las quejas de nuestro representante Miguel Góyena cuando exigía control y castigo para el infamante comercio de ganado, producto del más descarado latrocinio. Para contraste del proceder de la Moneda, aquel mismo año—1876—el Canadá, con motivo de haberse internado en su territorio las mesnadas de Sitting Bull, producía en su protocolo oficial la siguiente declaración: “Conforme a todos los principios de la ley internacional, cada gobierno está obligado a proteger el territorio del Estado vecino y amigo contra actos de hostilidades de parte de refugiados que, escapando a la persecución, cruzan las fronteras.”

Sea como fuere, la actitud insólita del gobierno chileno, mató las más bellas iniciativas de hombres de ponderación. Ya en 1870, el señor Puelma, desde su banca legislativa por San Carlos, sosteniendo la imperiosa necesidad de adoptar un sistema civilizador sobre el pueblo araucano, había dicho, bien alto, en sesión del 18 de agosto:

—Analicemos lo que sucede. En cuanto al comercio, vemos que el de animales, que es el que más se hace con los araucanos, proviene siempre de animales robados en la República Argentina. Es sabido que últimamente se han robado allí 40.000 animales, más o menos. Y nosotros, sabiendo que son robados, los compramos sin escrúpulo ninguno. Y luego decimos que los ladrones son sólo los indios...

Esta valiente afirmación, que era toda una apotegma, cayó en el vacío. No queremos, sin embargo, en esta suscinta relación de los acontecimientos que ocasionaron la campaña civilizadora, dejar de mano las propias lacras, desarrolladas como enfermedad endémica intra-cordillera y hasta en las propias puertas de Buenos Aires, en campo sometido por el fortín y hasta por el riel. Siempre el abigeato encontró pie en el comercio inmoral de los acopiadores. La pulpería pampeana, lugar de regocijo y de pelea, no siempre contribuyó al estímulo civilizador de las armas que abrieron paso a la inmigración y a la colonia. La vida de fronteras tiene a menudo episodios que desdicen con el noble propósito de la civilización. No recordamos si Alvaro Barros o qué cronista de la gran expedición, narra el caso de un pulpero inmoral protector de montesinos y carneadores de ajeno, castigado en su propio delito.

—Tráime todos los cueros que te vengan a mano—reclamaba a un paisano ladino, un negociante crapuloso de la campaña de Olavarría.

—¿Voltiaré alzaos, nomás?... Porque los ajenos...

—De todo, che. Hay que hacer plata. Y vos que andás con pandiya noche a noche, podés hacer una buena rejunta. Yo compro todo... Voltiá, nomás. Ya sabés qu’el jujao está a mi cargo...