¿Cómo se organizó esta colonia? De Carlos Casares y Tejedor salió, hace aproximadamente ocho años, un grupo de vascoespañoles, con rumbo a la Pampa, buscando tierras propicias para establecerse. Se congregaron en Macachin. Eran nueve familias. Azotadas por años crueles y cosechas efímeras, sólo pretendían afirmarse al suelo y trabajar. De este contingente, nació la colonia. Sobre la prueba dura de los años iniciales, se afianzó el centro agrícola, que debía florecer y prosperar. Trabajando la tierra sin desmayos, se ahuyentó el pesimismo y se arraigó esa cordial convivencia que es fuerza decisiva en el rudo bregar. De nueve, llegaron a veinte las familias arrendatarias. Y nadie quiere hoy abandonar su tierra ni su vivienda, digna de ser propia, por el espíritu familiar que se ha puesto en las comodidades sencillas de la huerta y del corral. ¡Ah, si los campos de la Pampa pudieran poblarse de vascos! Sobre este modelo de centro agrícola, hemos podido apreciar la necesidad de fomentar en el territorio tan importante colonización.

La casa del poblador vasco, se significa, en primer término, por su hospitalidad, cosa que no es común en la de colonos de otras razas. Los pobladores de La Cornelia se han preocupado con empeño, en rodearse de un modesto bienestar. Crían aves; tienen sus lecheras bien cuidadas; hacen su queso y su manteca; benefician sus porcinos en sabrosas facturas; se esmeran en la huerta; y donde hay muchachas, es inevitable el jardincito, en donde junto a los pensamientos vulgares y las achiras ingénuas, suelen abrir sus cálices, algunos narcisos y tuberosas, sembrados “para probar, pues” y “porque los trajo el patrón"...

Esta tendencia a suavizar la aridez de la vida, ha dado campo a la iniciación de cultivos frutales. El dueño ha proporcionado a sus colonos, ejemplares de la casa Peluffo: higueras, brillasotto y española; durazneros pavía, norteamericano y gran monarca; manzanas renettas y cerezas graffión de Dolores. Merced a esta tentativa, cada familia puede gustar todo el amplio beneficio del predio, desde el puchero español, tan sabroso y patriarcal, hasta el postre de frutas de estación y la natilla con fresas, que es manjar delicado.

Es así como se puede amar la tierra.

Todo cuanto se pueda decir en favor de esta inteligente colonización resulta pálido, ante sus apreciables condiciones de vida y la necesidad de fomentar su arraigo en la Pampa. Excelentes cultivadores, han dado impulso a la comarca. Los fracasos del trigo, en algunos puntos de la zona, se han debido, generalmente, a la seca. Los vascos de La Cornelia, han cosechado trigos de óptimos rendimientos. El año anterior, una avena

blanca de esta colonia, dió una densidad de 57 por hectólitro. Pero, a pesar de estos triunfos, no descuidan la ganadería, a la que dedican atención especial. Los campos de Macachin son inmejorables como praderas artificiales. La tosca está a un metro y medio y el agua—una agua cristalina, dulce y fresca—se encuentra desde tres a nueve metros de profundidad. Esta característica, fuente de vida para los ganados, es quizá, la riqueza más fundamental de la zona. El molino, el tanque y el abrevadero metálico, han venido a suplantar la represa y la “bebida” tradicionales, a donde acudían las vacas criollas a resarcirse de la mezquindad silvestre de los prados, veinte años atrás...

La alfalfa rinde exuberantemente en los campos del Departamento Tercero. El cultivo de una hectárea de alfalfa, tomada en una proporción de 400 hectáreas, cuesta alrededor de 50 pesos, de acuerdo con el precio de la semilla en la actualidad (18 pesos, más o menos). Una hectárea necesita 22 kilos de semilla. En las faenas de arar, sembrar, rastrear, etc., se invierte alrededor de 12 a 13 pesos. Hay que anteponer a estos gastos el valor del alambrado, molino y tanque del lote, amén de otros gastos accesorios. Sobre esta base se establece la proporción relativa de la hectárea.

Hemos visitado con verdadero placer algunas casas de la colonia. La perspectiva agrícola, que es inmejorable, mueve la diligencia de los pobladores. En una población, con aspecto de vieja estancia, se ha comenzado a repasar el motor de la trilladora, cosa que jueguen bien sus piezas en el momento de alzar los trigos. Allí nos convidan con mate y nos hablan de una transacción feliz en ovejas. En otra vivienda churrasqueamos un buen costillar y gustamos de un queso exquisito, mientras la vista se solaza en la huerta verdegueante, donde no falta nada, desde los espárragos hasta el perejil y los cebollinos de verdeo. Ya, en la mañana, hemos probado la amable hospitalidad del colono italiano, bella persona que ha formado su paraíso familiar con dos generaciones y que se siente feliz en entregar a la Pampa su tranquila vejez. Esquilan a esa hora los muchachos en el galpón. Las muchachas se desviven por hacernos agradable la visita. Y nos obsequian, con una sencillez encantadora, un chocolate que es restaurador, después de nuestra gira matinal. ¡Qué aseo en la casa! ¡Qué sencilla pulcritud! Se respira una espontánea comodidad que habla desde la alacena bien provista hasta el grafófono.

Hemos observado que el grafófono está muy difundido entre los colonos de la Pampa. Esta circunstancia, nos mueve a indicar la conveniencia que habría en que el ministerio de agricultura, imprimiera discos sobre asuntos de enseñanza agrícola y consejos prácticos relacionados con cultivos, cosechas, plagas, etc., y los distribuyera profusamente entre los agricultores. Estos discos podrían ser impresos en los idiomas más difundidos en la colonización. Se prestaría con esto un verdadero servicio a los cultivadores, secundando eficazmente la tarea de los agrónomos en la enseñanza agrícola.