LOS BOSQUES DE CALDEN
“Nobis placeant ante omnia sylve"—había dicho Virgilio en uno de sus grandes poemas.—“Nada nos guste tanto como el bosque".—Brisas del Helicón, patria de las musas, soplaban todavía por el Mediterráneo, y la Europa toda, sostenía aun el culto legendario de las florestas. Bien pudo la loa del bucoliasta, ser anatematizante reivindicación para el bosque que acababa de talar Julio César—según Lucano—camino de Marsella.
De este atentado, arrancó la odisea de los bosques de Europa. Pero es que el dictador vitalicio no iba, hacha en mano, contra las selvas, por molestar a Ceres, como lo hiciera Eriticson, a estar a lo que cuentan “Las Metamorfosis” de Ovidio. Julio César quería cortar de cuajo contra las supersticiones druídicas. Y blandió su herramienta mortal contra los robles sagrados. Fué la hora trágica de las selvas. ¡Para él, el primer tajo sobre el árbol secular! El verso de “La Farsalia”, pinta en boca del héroe su brava decisión, para instigar a sus legionarios al doloroso desgarramiento de la floresta primitiva y gloriosa:
“Ya será el hecho imitación no intento;
Proseguid, no abonéis la acción que elijo,
Que si emprendió profanidad mi mano
No es vuestro el crimen, yo seré el profano".
Tal ocurre a los bosques pampeanos. El hacha de César ha declarado su guerra cruel a los caldenes. Pero es la necesidad, la apremiosa necesidad, no el fanatismo, la que abre el tajo y allana la floresta. Caen los árboles corpulentos, milenarios tal vez, reclamados por las usinas, por las fábricas, por el ferrocarril. El sentimiento nacional pone una nota de angustia sobre la agonía de sus bosques, mientras la avidez agraria se apodera del viejo patrimonio, regado aun por la savia roja de sus árboles, y donde la colonia ha de espolvorear el oro de las mieses...
Y bien: explotemos nuestros montes, pero con prudencia, con talento, con amor. No hagamos lo que Estados Unidos, que después de arrasar sus grandes florestas, en una extensión tan amplia como Europa, ha tenido que castigar su irreflexiva sordidez, con la “fiesta del árbol”, la más bella advocación a Flora y una de las mejores conquistas de la civilización. Explotemos nuestros bosques; pero llevando siempre en el corazón el verso de Virgilio: “Nobis placeant ante omnia sylve"...
La explotación leñatera está en todo su apogeo en la Pampa. El encarecimiento del carbón mineral ha operado el florecimiento de una industria que venía desarrollándose paulatinamente y sin el incentivo de las grandes empresas. La necesidad y el usufructo, han despejado el horizonte para la explotación. El calden, leña del hogar, ha pasado al fogón de la locomotora a suplir al Cardiff. Y de muy buena calidad debe ser este combustible, cuando las empresas ferroviarias se apresuran a formalizar, con los beneficiadores de bosques, contratos de consideración y a largos términos. Esta enseñanza, que viene a sacudir la indolencia del país, es una de las buenas cosas que nos deja el prontuario de la guerra universal.
De tres años a esta parte, se ha venido intensificando la industria. Las ferrovías del sur, que cruzaban hasta hace poco, el monte salvaje, cortan ahora predios civilizados por la colonia. ¡Es de muerte la guerra emprendida por el hacha talar! Pero, sobre los bosques de la Pampa sería difícil, hoy por hoy, imponer una legislación previsora que perpetúe la floresta primitiva. El servicio de guardería forestal debe ser obra del interés privado, de acuerdo con las ventajas que reporta una explotación sistemada; que no destruya, que civilice; que no arrase, que usufructe y combine. Los bosques purifican la atmósfera, atemperan la impetuosidad de los vientos, suavizan el rigor del clima y regularizan las lluvias. Se explica la legislación inglesa sobre sus bosques. Pero no es éste el precedente que conviene a la Pampa argentina. El gobierno británico bien hizo en permitir el descuajamiento de sus florestas. Las corrientes submarinas que bañan las costas de aquellas islas con el calor del trópico, y la humedad que traen los vientos del Este, bastan, como elementos naturales, para hacer productivas aquellas regiones geográficamente frías. El arrasamiento de sus bosques fué para Inglaterra una solución, pues no sólo abrió campo a sus cultivos agrícolas, si no que desecó el suelo y disminuyó la humedad de la atmósfera.
El desiderátum de nuestra explotación forestal en tierras pampeanas, será la chacra-monte, combinación nueva, en vísperas de crearse en los bosques vecinos al Colorado. Será éste un modelo de colonización, de orientaciones nuevas en el país, que tenderá al usufructo mixto de la selva montaraz y el cultivo agrícola, sobre la base de la estabilización de los hachadores. Es decir: llevar a la acción, en una palabra, el aforismo alemán, tan eficiente y civilizador: “ni cultivo sin monte, ni monte sin cultivo". Por lo pronto, derribar los caldenes comporta, en la actualidad, rescatar los campos para el dominio del arado. Si fuera posible la repoblación de estos bosques en el tiempo breve en que se desarrollan los árboles del trópico, se impondría de inmediato la ley precaucional que tutelara su explotación. Pero estos tremendos ejemplares parece que no han tenido infancia. Los viejos vecinos de la Pampa, que saben conservar, por cariño, algún calden familiar, a cuya sombra retozaron sus hijos y sus nietos, suelen decirnos, orgullosos de aquella longevidad indescifrable:
—Es el mismo siempre. No ha echado ni una rama más desde que lo conozco...