En Macachín, gentilmente acompañados por un progresista vecino, uno de los iniciadores del progreso agrícola-ganadero de la comarca, hemos visitado las Salinas Grandes, distante tres leguas del centro urbano y bajo la explotación, actualmente, de la Compañía Introductora de Buenos Aires.

Un auto volador—es el automóvil, elemento de locomoción consagrado en toda la Pampa—nos pone bien pronto sobre el camino, entre sementeras y predios alfalfados que son una maravilla. Minutos después, desde una lomada que bordea la ribera, se domina la cuenca extendida como un inmenso manto color gris. Estamos en presencia de uno de los más cuantiosos criaderos de sal de la Pampa. El panorama es absolutamente nuevo. Se diría un lago de nieve, donde el cielo indeciso de la tarde ha impuesto su brumosa palidez. El trajín de la ribera, nos habla con elocuencia del emporio industrial. Se destaca, en primer término, el cuerpo principal de la fábrica, a la izquierda, con sus galpones espaciosos y bien construídos. Se alínean, a renglón seguido, las casas de los obreros, uniformes, aseadas; la maestranza, el depósito de maquinarias y otras dependencias auxiliares; luego la casa de la administración, aparte, a la derecha, sobre la barranca poetizada un tanto entre enredaderas y jarillas.

La impresión que nos causa este asiento salinero, es la de un puerto mediterráneo y singular. Un puerto sin barcos, pero con aparejos, con desvíos, con todo el aparato ribereño para la carga y el transporte y—¡asombráos!—con su largo muelle de punta que se interna decididamente hasta el corazón de la salina. Por este muelle, corren las locomotoras y el convoy industrial transportando la sal virgen, descortezada a la laguna.

Hemos querido presenciar la faena para recoger nuestra impresión objetiva sobre esta gran industria. A lo lejos, muy lejos, hormiguean unos puntos negros perdidos en el piélago impoluto de la salina. Son los obreros que apilan el noble producto en las parvas alineadas a lo largo del carril. Dos puntos más grandes, definidos con contornos de maquinaria, se mueven también, rastreando en ruta ondulada sobre la tersa superficie. Son los motores que traccionan los aparatos raspadores.

¿Qué distancia nos separa al foco de labor? Sobre el manto blanco, sin un punto de comparación se pierde el cálculo del trayecto. Para nosotros no puede pasar del kilómetro la distancia. Y nos ponemos en marcha. Primero seguimos sobre el muelle a paso largo. Pero el muelle es como una aguja interminable. Después comenzamos a cortar campo sobre la sal endurecida, salvando, sin dificultad, los charcos de agua pluvial esparcidos por todas partes y que no han entrado todavía en el estado de saturación, con los 25 grados Beaumé de base para su cristalización. Un hálito salobre se compenetra en nuestro cutis. Los labios son de sal; las manos se alisan notablemente. Sin sentir, vamos ganando trecho; pero los puntos que hormigueaban a lo lejos, siguen siendo los mismos puntos, a la lontananza como si nada hubiéramos adelantado en la incursión. Por fin llegamos.

—¿No sabe cuánto hemos recorrido?—nos interroga el administrador de la salina, que nos ha acompañado en la travesía.

—¿Una legua, quizá?...

—No tanto; pero algo así como unos cuatro kilómetros largos.

La novedad de la labor atempera el poco de cansancio que se ha apoderado de nosotros. Con razón, el señor P. no ha querido moverse del puerto, abstraído tal vez, en la poesía del panorama...

La tarea es simplísima. Los motores—una especie de Champion, de 25 caballos de fuerza, a nafta—mueven un aparejo sencillo, patentado por la empresa. Este acoplado, consta, en síntesis, de una cuchilla como de un metro de largo que funciona en sentido perpendicular a la dirección que lleva el motor y raspa el suelo horizontalmente. El funcionamiento elemental de este aparato nos recuerda el aplanador que usan los hortelanos, una especie de arado superficial que va desmontando suavemente las sinuosidades del terreno. Sobre este implemento, que en esta explotación obra de máquina fundamental, dos hombres gradúan la labor y levantan la cuchilla a espacios de tiempo regulares, formando así pequeños montículos de sal. Viene, entonces la operación de los paleros y acarreadores. De la superficie, pasa la sal, en carretillas, a las pilas. Luego, al “decauville” y después a la línea central, al muelle, rumbo al puerto.