La labor, de la extracción, por lo mismo que es sencilla, es rendidora. Un peón, tomado en conjunto con relación a los diversos menesteres del ingenio, vale por algo más de dos toneladas diarias. Gana un jornal de tres pesos, estirable a seis, en tiempos de cosecha.

En épocas de trabajo intenso, han laborado en la extracción hasta cuatrocientos obreros con un rendimiento de mil toneladas por día. La faena no es tan pesada como la de los leñateros ni la de los emparvadores de cereal, salvo durante el rigor de las estaciones, con la crudeza de los fríos pampeanos y el azote del sol del estío. El esfuerzo muscular, por otra parte, no es abrumador. Reina el mayor orden y aseo en estas labores fiscalizadas por capataces expertos. Durante el trabajo, un convoy de víveres y elementos de uso personal, ocupa el desvío, contribuyendo a la economía de tiempo y a la higiene reclamada, por el trabajo. Actualmente los hombres de labor de este ingenio alcanzan a 140 con un rendimiento de más de 200 toneladas de sal por día.

El yacimiento de esta laguna es inagotable, no sólo por la profundidad de algunos de sus criaderos, si no por la cooperación de las aguas pluviales que contribuyen, al saturarse, al crecimiento por yuxtaposición del preciado mineral. El raspaje se practica superficialmente, porque el espesor no es el mismo en toda la laguna. Hay parajes, determinados ya por el calado, en donde la sal se concentra en núcleos de consideración, formando lo que podríamos llamar la verdadera mina.

Veamos ligeramente lo que compete a la faena de industrialización. Las vagonetas del convoy vuelcan su carga de sal gruesa en unos buzones cilíndricos de cedazos metálicos y en donde el mineral se somete a un lavado con agua dulce, a fin de quitarle las impurezas superficiales. De ahí, recogida nuevamente la sal por un convoy que circula a nivel inferior, es llevada a los departamentos de laboración para la molienda. Allí se practica la separación. La sal gruesa que ha de salir al mercado, no requiere preparaciones accesorias. Se embala en bolsas, simplemente. La sal de mesa, pasa al molino—que no tiene diferencia fundamental con el harinero—y después de la acción de práctica, bajo la fuerza de pistones y trituradoras, queda en condiciones de consumo.

La sal de Salinas Grandes, por el resultado de sus análisis y su agradable paladar está conceptuada análoga a la sal de Cádiz, de fama universal. La sal de mesa se prepara en bolsitas de tela blanca, de un kilo de peso y se ha difundido bajo la marca de Dos Anclas.

De las salinas parte una línea de trocha angosta hasta la estación Hidalgo, distante nueve kilómetros. Por este tren industrial se evacúa el producto sobre la línea del Pacífico. Para tal servicio, la empresa cuenta con 10 locomotoras y más de 300 vagonetas de transporte. La sal de este yacimiento se distribuye en todo el país.

Nuestra impresión general del establecimiento y sus dependencias ha sido inmejorable.

Regresamos. La tarde agoniza. Nuestra máquina vuela por el camino amplio y polvoroso. Del campo dormido, viene como una suave caricia del perfume de los pastos artificiales. Venus se abre en el cielo con su luz radiosa y tutelar. Al cruce de un camino se intercepta una tropa de vacunos que vuelve de la feria en bulliciosa caravana.

—¿De quién son, ché?—interroga nuestro acompañante a los reseros.

—De don Fulano... No alcanzaron a venderse por falta de tiempo... Estuvieron fuerte los negocios...