De todas maneras, bajo su aspecto comercial, Pico se nos antoja un pueblo del Far West. Sin aguzar la imaginación, retrotrayendo aquella agitación febril que caracterizó las transacciones primitivas y, a renglón seguido, al agiotaje de los terrenos, podremos encontrar los preliminares de Pico en aquel pueblo de Guthrie, en el corazón de Oklahoma, tal como lo describe Paul de Rousiers. Suponemos a los afanosos lonjistas oteando como buenos sabuesos, la lucrativa reventa; los “land agents"—especuladores en tierras—y aquella frase sacramental en todos los labios, de una invariable elocuencia: “¿how is business?” (¿cómo van los negocios?), tan propia del Oeste de allá como de nuestro Oeste, signo etnográfico de todas las improvisaciones. Y hasta la vida accidentada de aquel capitán Couch, cuya figura de poblador y hombre de empresa debe haber quedado como una leyenda en Oklahoma, nos proporciona acontecimientos análogos al origen de nuestras poblaciones vertiginosas, en donde no siempre la noble labor colonizadora está exenta de tropiezos, cuando hay intereses encontrados entre propietarios de campos favorecidos y empresas de ferrocarril.
¿Queréis conocer los preliminares de Pico? Nadie puede narrarnos con mayor interés que el primer comerciante, que vino a establecer su casa La Fundadora, salvando con valentía y con fe todos los obstáculos. Escuchemos lo que nos dice don Juan L. P.
—Era el mes de julio del año 1905. El tren del Oeste llegaba hasta el Meridiano Quinto, límite de la provincia de Buenos Aires con nuestro territorio. Bajé en ese punto para trasladarme hasta el lugar indicado donde había de fundarse el pueblo. Un tren en construcción me trajo hasta la puerta de la estancia del entonces presidente de la República, doctor Quintana, en donde fuí recibido por el mayordomo del establecimiento y por mi buen amigo, señor Luis C., futuro administrador del pueblo General Pico. En esa época, la actual estación estaba en construcción a un metro y medio del nivel del suelo, siendo todo este campo una desolada pampa de propiedad del señor don Eduardo Castex.
“El agrimensor señor A., venido de Intendente Alvear, terminaba la mensura del gran pueblo, y una cuadrilla de veinte peones, formó campamento frente mismo de la actual estación para levantar los galpones de hierro de la casa de comercio de los señores Juan L. P. y Cía.
“A dos leguas de la estación existía una pulpería, llamada Las Liebres, de propiedad del señor Santos A.; de aspecto humilde, con el clásico enrejado delante del mostrador y una pequeña abertura para despachar los artículos a los pocos compradores que acudían.
“No había por allí otro signo de civilización; los campos en su totalidad estaban dedicados a la cría de ovejas, pues solo existía el pasto natural y algunas aguadas. Los materiales de construcción que yo hacía venir de la Capital Federal hasta Meridiano Quinto, para fundar la casa de comercio que más tarde debió llamarse a título de buen derecho, La Fundadora, eran traídos aquí en carros y en tren de balasto, cuando se podía. Pueden imaginarse las dificultades que tendríamos para desarrollar todas nuestras energías, cuando la galleta, por mencionar el primer renglón de comestibles, nos llegaba de una distancia de ocho leguas y propiamente de la estancia del señor don Bartolomé G. (Santa Aurelia), célebre después por su cabaña, en toda la República.
“Construído el galpón para mi casa de comercio, al mismo tiempo edificaron en adobe y barro pequeñas habitaciones, los señores Saturnino M. y Julio B., que se dedicaban al comercio de restaurant y hotel. La gente trabajadora acudía bulliciosamente a comer, y yo mismo, recuerdo, que pasé algunos días vinculado a esa nueva vida para mí.”
Fijada la fecha del remate por el señor Eduardo Ch., socio a su vez, en aquel entonces, de la firma Juan L. P. y Cía., para el 11 de noviembre, empezaron las construcciones de carpas y casas de cinc que se levantaban en el día. Con el permiso del señor Ch. se ubicaban en el solar que lo creían conveniente, para quedar propietarios, sujetándose al precio del día del remate.
“En general, ocurre que la formación de pueblos nuevos, trae dos corrientes de elementos como pobladores. El elemento trabajador que viene buscando nuevos horizontes, y el elemento inservible de otros pueblos, que son despedidos, expulsados por sus raterías o cuatrerismo.
“El 11 de noviembre de 1905, por primera vez veíamos un tren de pasajeros, que era un expreso, donde, aparte de las primeras autoridades del territorio, como el gobernador doctor Diego G., su secretario Víctor L., intendente municipal, Manuel G., Juan F. A., y muchos otros caballeros de Santa Rosa y Buenos Aires, venía un millar de personas que al son de acordes de una banda de música y disparo de bombas, se encaminaban a ver el trazado del pueblo y eligiendo sus lotes ya preferidos según el plano.