Conocimos a Pico en un momento de intensa agitación política: a raíz de las elecciones municipales del 2 de septiembre. Y por cierto que ninguna hora más propicia para compenetrarnos de su alma de pueblo nuevo, de sus pasiones, de su vitalidad. Teníamos mentas ya de su espíritu localista, trabajado por la propia noción de una prosperidad vecinal, hija del esfuerzo, sin padrinazgos oficiales ni rodrigones.
—Los de Pico—nos habían dicho en alguna parte de la Pampa—son rumbosos y soberbios... ¡Y cuidado si usted no les cae en gracia! Va a tener que salir más ligero que volando...
No nos inquietó la advertencia, acostumbrados a gastar nuestro escaso don de gentes y dejar en el camino, siempre que sea posible, un amable sedimento de nuestra personalidad. Nos supo a ingenua emulación simplemente. “¡Vaya!—pensamos:—es el caso de los parientes pobres que siempre están protestando a regañadientes por la ventura del pariente con plata...”
Y fuímos a Pico.
El emporio comercial, advertido no bien se desciende del tren, se había trocado en un comité político. Tres fracciones—dos de ellas con etiqueta nacional y una independiente—disputaban las posiciones comunales. El movimiento político que iba a dirimirse en los comicios al día siguiente de nuestro arribo, concentraba en absoluto la atención pública. Era otro el Pico de esta hora excepcional. La gimnasia de cuatro meses en agitados prolegómenos electorales, había puesto en tensión los ánimos y avivado pasiones, como si el alegato puesto en juego, fuera el único recurso vital del municipio.
Seríamos injustos si dijéramos—argentinos sobre todo—que esta característica, nueva en la tranquila población, movió nuestra censura. Al contrario: nos gustó el torneo, no sólo por la tonificante pasión puesta en el ensayo, sino porque nos habló claro sobre el Pico capacitado para defender sus intereses y regirse solo, signo elocuente de preparación para su futuro augural.
A partir de mayo, en que se iniciaron las maniobras con balas de fogueo—vale decir, con mesurados boletines—la agitación política había ido subiendo de tono. Las primeras manifestaciones de la palabra escrita, ponen en juego la más bella convicción doctrinaria. “Más que una entidad política, este comité—decía una de las fracciones—es una agrupación de vecinos que se ha decidido a defender los intereses generales, segura de que en esta forma defiende los suyos propios. El atraso y la miseria de un pueblo, no constituye porvenir para nadie particularmente, porque la prosperidad individual en todas partes, es simplemente consecuencia de la prosperidad colectiva. Es de obtusos suponer que alguien pueda enriquecerse en una localidad destruída. Por consiguiente, queremos acabar con todos esos mezquinos afanes de preponderancia y usufructo vedado, consolidando la situación sobre los cimientos de una municipalidad libre, trabajadora, honesta y capaz.”
A los disparos con pólvora sola, siguen los cartuchos de perdigón. La prensa local se acoraza y desde los minaretes lanza su fuego cerrado contra el bando rival. Algunas hojas sueltas, que coleccionamos oportunamente, nos encantan por sus premisas doctrinarias, verdaderos artículos que figurarían sin desdoro como editoriales de cualquiera de nuestros grandes rotativos. Otras—facturas de cargazón—escritas por manos, si no más expertas en achaques de pluma, más hábiles en muñequeos electorales, se prodigan en dicterios de léxico pesado, sabedoras de aquello de que “el que más grita es el que más se hace oír". Algunas de un lirismo simpático: otras, de una desconcertante procacidad. No faltan los versos satirizantes, donde la musa juguetona de la localidad, vuelca todo su ingenio para ridiculizar a los candidatos de la fracción contraria. Y de entre el fárrago de hojas impresas que salen a la calle cada diez minutos, agresivas las más, o llenas de ditirambos para sus parciales, no falta la palabra de cordura, el consejo doctoral, que se extiende como un bálsamo sobre las rozaduras del ambiente. No podemos excusarnos a la tentación de transcribir este recordatorio, que se nos antoja una evangélica electoral, síntesis clarísima y completa de la ley, y que puede servir de formulario para todas las agrupaciones municipales del país que aspiren de veras al bienestar de la comuna.
“Señor... Tenemos el agrado de comunicarle que a usted le corresponde votar en la mesa número..., situada en la escuela número..., calle tal, etc.
“Le recordamos, al propio tiempo, que el voto es absolutamente secreto. Nadie puede saber, si usted mismo no lo dice, por quién ha sufragado.