“La ley garantiza al ciudadano una libertad tan amplia, que la íntima voluntad puede imponerse por encima de todos los compromisos personales. Es cuestión que usted sea o no hombre de conciencia.

“Reflexione usted tranquilamente. Como parte del vecindario, tenga en cuenta la conveniencia colectiva y apoye a los hombres que por sus dotes de inteligencia, de moral y de labor, puedan hacer un buen gobierno y dar impulso al progreso general de Pico.

“Le adjuntamos la lista de nuestros candidatos con el fin de que usted los conozca y esté habilitado para discutirlos. No pedimos su voto, no presionamos su ánimo, porque tenemos aspiraciones de que la justicia se cumpla y como ciudadanos emancipados, deseamos la libertad de conciencia.

“Tenga usted carácter. Sea usted dueño de sus decisiones. No descienda usted a la condición menguada del que no sabe lo que hace.

“Vote usted digna, altiva, noblemente.”

De la lucha álgida, nació la apelación a cortes. Y el gobierno central se vió en la necesidad de ejercer su representación por medio de un emisario, con facultades tan exiguas como pudiera tenerlas un mero espectador. Se explica entonces, que aquellas agrupaciones, caldeadas por el ejercicio del comité, y que habían solicitado una “panacea” para los males eleccionarios, concentraran sus mandobles sobre el comisionado federal, incapacitado para distribuir la razón equitativa, de acuerdo con la ley. Sin duda alguna, no deben achacarse al ministerio del interior los actos derivados de la representación—ya que una acción ajena a las decisiones autónomas del municipio, debía limitarse a escrutar, nunca a dirimir;—y si alguna actitud ostensible y bien quista asumió el poder central, fué disponer en Pico la constitución del juez letrado, quién bajó de Santa Rosa y con dignidad consular rodeó al acto eleccionario de los mejores prestigios.

¡Y han de perdurar en Pico los recuerdos de esta afanosa lucha electoral! Todos los elementos de locomoción se pusieron al servicio de los comités. Más de setenta automóviles cruzaron como exalaciones, durante el día, las calles del municipio conduciendo electores. Y es de fama, según los mentideros oficiosos, que alcanzaron a 80.000 pesos en cifras redondas, los dineros gastados durante todo el proceso electoral. Damos los guarismos en la seguridad de que no han de alarmarse ni los estadounidenses maestros de democracia, ni algunos de nuestros políticos de vieja cepa, acostumbrados a concurrir a los actos comiciales con la rosada libreta de cheques...

Las primeras horas de la mañana las gastamos en el incesante tragín de los comicios a la comisaria, a los comités y al hotel, constituído en cuartel general del comisionado. Después, cuando se estableció la corriente electoral de ir y venir de sufragantes, en una rutina sin incidentes de consideración, fuímos a respirar el aire de las afueras, bajo el cielo de una tarde plomiza y templada. Nos atrajo el hospital, sito en el aledaño y donde una benemérita corporación derrama a manos llenas la simiente de la filantropía y la bondad.

Visitamos después las quintas. Fueron revelaciones aquellos huertos levantando sus árboles porfiados contra las inclemencias del pampero, que suele ser recio y hostil. Aquel espectáculo venía a poner la última nota propicia sobre los destinos de Pico: mieses, ganados, huertas... Tibia y buena era la tarde. En el corazón del municipio, jugaban su apasionada partida los hombres, cuyas rozaduras desaparecerían bien pronto bajo la acción niveladora del trabajo. En los huertos se vestían de yemas los durazneros...

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