Mientras se ocupaba el Papa en buscar a Lucrecia un buen marido, como prometía serlo el Duque de Bisceglia, mozo que no se había visto ninguno más bello en Roma, al decir del cronista romano Falini, encontraba Lucrecia sin ayuda de nadie un buen amante en la persona del primer Camarero de Su Santidad, Pedro Calderón, conocido por Perote entre sus compatriotas españoles, y por Perotto entre los italianos, al que tenía el Papa gran afición por ser quien diariamente le afeitaba. Un año después de la fuga de Sforza, ella, que según su declaración había quedado intacta, mostró muy a pesar suyo, como consecuencia del último trato con Perote, evidentes señales de una próxima maternidad. El 2 de Marzo de 1498 escribía al Marqués de Mantua, desde Bolonia, Cristóbal Poggio, Secretario de Bentivoglio: «No tengo de Roma más noticia sino que aquel Perotto, primer Camarero de Nuestra Santidad, a quien no se encuentra, está preso por haber dejado encinta a la hija de Su Santidad, D.ª Lucrecia.» Sobre el misterioso fin de Perote corrieron varias voces. Burchard decía el 14 de Febrero que se había encontrado su cadáver en el Tíber, y pocos días después apareció el de una tal Pantasilea, doncella de Lucrecia, que acaso sirviera de tercera de estos amores. El Embajador veneciano Capello cuenta, y ésta es también la versión de Oviedo, que César mató a Perote en presencia del Papa, cerca del cual se había refugiado el Camarero, manchando con su sangre el traje y hasta la cara de Su Santidad. El 15 de Marzo siguiente, Juan Alberto de la Pigna, agente del Duque de Ferrara en Venecia, participaba que Lucrecia había dado a luz un hijo ilegítimo.

Ahora bien: ¿fué este hijo bastardo de Lucrecia el infante romano Juan de Borja, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501, cuando contaba ya tres años, como hijo, primero de César y luego del Papa, habido en mujer soltera? La primera Bula Illegitime genitus es un acto público; la segunda, Spes futuræ, un documento privado, de cuya autenticidad no cabe duda, porque no sólo existen copias en el Archivo de Módena y en el de Osuna, en Madrid, sino también en el archivo secreto pontificio, en los registros oficiales de Alejandro VI, donde las ha hallado el Barón Pastor. La edad que en ambas Bulas se atribuye al reconocido infante coincide con la del bastardo que tuvo Lucrecia en la primavera de 1498, y los que patrocinan, como Portigliotti en su reciente libro[76], la acusación de incesto lanzada por Juan Sforza y acogida velada o claramente por los poetas Sannazzaro y Pontano; los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Pedro Mártir, Priuli, Machiavelli y Guicciardini, dan por probable que la mujer soltera, madre de D. Juan, sea Lucrecia, que por la anulación de su matrimonio con Sforza recobró su primitiva soltería, y la paternidad adjudícansela al Papa, sin excluir que hubiera también podido caber en ella alguna parte a César y a Juan, por haber asimismo usufructuado los favores de Lucrecia.

Este cúmulo de complicados incestos y horrores con que se ha nutrido la fecunda imaginación de los poetas, dramaturgos, novelistas y pseudo-historiadores tuvo por origen la calumnia, flecha del Partho, con que se vengó de los Borjas el fugitivo Sforza. Y si la calumnia se extendió como mancha de aceite por toda Italia, debióse, en mucho, a que no eran ciertamente intachables las costumbres del Papa y de sus hijos, concupiscentes en extremo, y a que su calidad de españoles los hacía, en Italia, blanco del odio popular, propicio a acoger cuantas acusaciones contra ellos se lanzaban, fueran fundadas o calumniosas. Así se formó la opinión pública, en cuyas turbias fuentes bebieron los historiadores contemporáneos, transmitiendo a la posteridad la leyenda del incesto que recogieron del fango del arroyo.

De este nefando crimen ha absuelto a los Borjas, por falta de pruebas, el tribunal de la Historia; lo cual no quiere decir que hayan quedado, tanto Lucrecia como el Papa, limpios de toda mancha de impureza, salvo la del pecado original, como hoy pretenden los panegiristas que con laudable esfuerzo y piadosa intención andan aportando datos y buscando milagros para el expediente de beatificación de Alejandro VI y de Lucrecia Borja.

Volviendo ahora al caso del infante romano Juan de Borja, que no fué fruto de los supuestos amores incestuosos del Papa con su hija, hay quien lo tiene por hijo de Lucrecia y quien lo cree hijo de Alejandro, porque así lo declara éste en la Bula Spes futuræ de 1.º de Septiembre. Los que sostienen esta última opinión no saben, ni sospechan, quién fué la mujer soltera, mulier soluta, con la cual pecó Su Santidad, cuando hacía ya más de cinco años que ceñía la tiara. No pudo ser, como pretenden Woodward[77] e Iriarte[78], Julia Farnesio, porque en 1498 vivía su marido Orsino Orsini, que no hubiera tenido inconveniente en dar su nombre a Juan, como se lo dió a Laura. Burchard la llama solamente una cierta romana.

Nos inclinamos a creer que el infante romano es el hijo bastardo de Lucrecia. No sólo hay la coincidencia de la edad, sino el reparto que hizo ella el 17 de Septiembre de 1501, pocos días después de las famosas Bulas, de las tierras del Lazio, arrebatadas a los Barones romanos, con las que se formaron dos Ducados: el de Sermoneta, que había pertenecido a los Gaetani, fué para su hijo legítimo Rodrigo, habido en su matrimonio con el Duque de Bisceglia, y el de Nepi, para el infante Juan, reconocido luego por el Papa como hijo suyo. Preparábase Lucrecia en aquellos días a celebrar su tercer enlace con Alfonso de Este, el primogénito del Duque de Ferrara, y a abandonar para siempre la Ciudad Eterna. Era natural que tanto ella como el Papa tratasen de ocultar el desliz que costó la vida a Perote, y que la madre quisiera asegurar el porvenir de aquel hijo que, con el legítimo, dejó confiado a Su Santidad cuando partió para Ferrara. Las dos Bulas de legitimación no tuvieron quizá otro objeto que el de dar al bastardo el apellido, las armas y los derechos de los Borjas, de la manera que podía hacerlo el Papa, poniendo a salvo el honor de la hija en el momento en que se enlazaba con una de las más ilustres familias soberanas de Italia. Quiso primero atribuir la paternidad a César, mas luego la reclamó para sí propio, siendo curioso que ambas Bulas se encuentren hoy en el Archivo de Este y provengan de la cancillería de Lucrecia, que, probablemente, las llevó consigo cuando se fué a Ferrara.

Las negociaciones matrimoniales de Alejandro VI con la Corte de Nápoles no tuvieron el resultado que el Papa y el Valentino deseaban. El Rey D. Fadrique se negó resueltamente a dar la mano de su hija Carlota al Cardenal, estando dispuesto, según escribió a Gonzalo de Córdoba, a perder el reino y la vida antes de consentir en semejante boda. Tampoco logró César vencer la repugnancia de Carlota de Aragón cuando la vió en la Corte de Luis XII, donde se educaba y adonde fué en su busca el Valentino, que de allí volvió a Italia, casado por mano del Rey de Francia con Carlota d’Albret, hermana del de Navarra. Pero si se frustró la boda de César con la aragonesa no pudo D. Fadrique oponerse a la de Lucrecia con el Duque de Bisceglia, hijo natural de Alfonso II[79].

Anulado, el 20 de Diciembre de 1497, el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza, y el 10 de Junio del año siguiente, por Breve del Papa, la promesa de matrimonio de Lucrecia a D. Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, pudo Lucrecia, sin impedimentos legales y sin escrúpulos de conciencia, contraer nuevas y justas nupcias con D. Alonso de Aragón, firmándose en el Vaticano, el 20 de Junio, el contrato en que intervino, representando al Rey de Nápoles, el Cardenal Ascanio Sforza, autor del primero e infortunado enlace de Lucrecia.

En Roma entró, sin ceremonia alguna y casi furtivamente, D. Alonso, el 15 de Julio, y el 21 se celebró y consumó secretamente el matrimonio. La misa de las bodas tuvo lugar el domingo 5 de Agosto, y la relación de los festines que con este motivo se celebraron en el Vaticano escribióla D.ª Sancha, la hermana del novio, y la ha publicado, acrecentada con noticias y aclaraciones, el Marqués de Laurencín, Director de nuestra Academia de la Historia. Es esta Relación una carta que dirigió la Princesa de Squillace a su tío, el Rey D. Fadrique, a juzgar por el encabezamiento y texto de la epístola, y «resulta una amena y detallada descripción de los banquetes pantagruélicos que en el Vaticano se celebraron con tan fausto motivo; una pintura exacta, un cuadro animado y fidelísimo de las costumbres, de las malas costumbres de aquella corrompida Corte, y nos muestra a los Cardenales y Prelados bailando con las damas de Palacio, alanceando toros, haciendo una montería con disfraces y otras cosas extrañas. Narra con primor hasta los más nimios y singulares pormenores, como tal vez no lo hicieran un afamado modisto parisino o un competente cronista de salones, los trajes, atavíos y tocados de damas y galanes; enumera los espléndidos regalos de joyas y orfebrería con que a la desposada obsequiaron su padre Alejandro VI y la Corte cardenalicia, ofreciéndonos, en suma, esta epístola narrativa, escrita con deliciosa ingenuidad y no afectado realismo por testigo presencial de tanta monta, una página vibrante, llena de luz y color, de tan espléndidas fiestas, útil y aprovechable para la Historia, para la indumentaria y para el arte.» A ella remitimos al curioso lector, que advertirá fácilmente que andaba entonces D.ª Sancha en amorosos tratos con su cuñado el Cardenal, cuyos trajes se complace en describir con tanta minuciosidad como los suyos[80]. Danzó César, a menudo, con ella una baja y una alta, sentóse en sus faldas, obsequióla con motes sugestivos y convidóla a una corrida de toros, a que asistieron diez mil personas, y en un palco D.ª Sancha, el Príncipe su marido y sus doncellas. «Vestía el Cardenal una camisa muy rica de canyutillo de oro y otras labores de seda, sembrada toda ella, con unas mangas de nueva manera hechas, la cual yo se la di para aquel día; encima de ella traía una marlota toda blanca, con una espada labrada de oro de martillo, un bonete de terciopelo carmesí, con unos torzales de oro, y un penacho blanco y unos borceguíes azules de zumaque, labrados todos de hilo de oro muy ricos. Salió a caballo en un caballo todo blanco, morisco, muy hacedor, con un jaez esmaltado y unos cordones azules y de canutillo de oro y piedras, y una lanza en la mano con una bandera labrada de plata y de oro, muy gentil, la cual yo le di para aquel día. Llevaba el Cardenal consigo doce caballeros, que eran: D. Juan de Cervellón, D. Guillén Ramón de Borja, D. Ramón Castellar, Mosén Alegre[81], el Prior de Santa Finna[82], D. Miguel de Corella, D. Juan Castellar, mi mestresala, mi trinchante, el caballerizo del señor Cardenal y mi caballerizo, todos muy buenos caballeros de la jineta. Corrieron ocho toros desde las 19 horas hasta las 24; mató el señor Cardenal, sólo de su mano, dos toros de aquesta manera: que después de haber corrido mucho el primero, dióle una lanzada cerca de la cabeza que le pasó la mitad de la lanza por el pescuezo con la bandera, después de cansado un rato corriendo con los otros caballos; ya descansado, fué para mudar de caballo, aunque había mudado otros tres; él solo se agarró con otro toro muy bravo, y porque había muerto el primero con la lanza, dejó aquélla y tomó otra de la misma manera y corrió este toro por espacio de media hora; después arrojó la lanza y puso la mano a la espada, y dióle una tan gran cuchillada en el pescuezo, que le echó en tierra muerto luego sin más ferida; y ansí fueron, en la tarde, todos los otros toros corridos y muertos por su señoría.» Bueno es que conste, para los aficionados a la fiesta nacional, cómo se corrían los toros a la española en Roma, a fines del siglo XV, y cómo se acreditó de gran matador César Borja. Cuando terminó la corrida, el Cardenal, y todos los del juego vinieron a la posada de D.ª Sancha y allí cenaron y estuvieron seis horas cantando y tomando otros placeres.